El padre de Julia es Andrés Alberto Amengual, “un pintor no sólo de paredes sino de cuadros; ése es su hobby”, y la madre es Elsa Blanca Martínez, “la mujer más abnegada y dedicada a sus hijos que conozco”. Sus hermanos: Juan Andrés, radicado actualmente en Oberá, Misiones; Noemí, quien vive en Palma de Mallorca, España; Ester Elizabeth y Ana Elsa, ambas en Henderson.
Acerca de su infancia, la protagonista de “No te olvidés del pago” de hoy cuenta que siempre vivió en la misma calle, Almafuerte, “donde aún viven mis padres. El vecindario no ha cambiado mucho, la mayoría de los vecinos son los mismos. Siempre frente a casa la familia Passera, a cuyas hijas, Paula y Betina, supe cuidar cuando eran chicas. La familia Sánchez: Luisito, que ya nos ha dejado, y Elsa, su esposa. Allí me cruzaba a ver un poco de tele porque en casa no teníamos. La familia Mansilla. Y al lado de mi casa, Irma y Alicia Oertlinger. Alicia era compañera de charlas, de juegos, y mi conejito de Indias cuando preparaba alumnos. A ella le enseñaba gratis, con ella practicaba, pero gracias a Dios siempre salía bien. Con ellas vivía Maruca Fara, con la que nos reuníamos después de comer para escuchar la novela por la radio”.
Con respecto a juegos de los que disfrutaba en esos primeros años en el pago chico, Julia recuerda: “Me encantaba jugar con los chicos Vicente: Mirta y sus hermanos, Carlos y Jorge. Ellos vivían a la vuelta, y en un salón viejo que tenían jugábamos al circo o al cine; y hasta uno de sus hermanos aparecía con una linterna y un cajoncito vendiendo golosinas”.
También pasaba el tiempo en lo que por ese entonces era la barraca de Valentín Vicente, que quedaba al lado de su casa y donde se curtían cueros. “Ahí charlaba con un anciano que cuidaba el lugar. Cuando mi papá cazaba alguna liebre, con mi hermano preparábamos el cuero y se lo vendíamos a ellos”, añade.
¿Recuerdos de sus abuelos? Claro que sí. Los trae a su memoria: “Mis abuelos paternos eran muy particulares. Mi abuelo, ‘El sordo Amengual’, conocido también por haber sido maestro de escuela en el campo, aparecía en casa y siempre tenía una moneda de ‘caballito’ o de ‘barquito’ para mi hermano y para mí. Nosotros queríamos la de ‘caballito’, porque valía 10 centavos, y la otra sólo 5.
Mi abuela Julia, de quien heredé mi nombre, fue la mujer más dulce, amorosa y pura. Marcó profundamente mi vida, ya que desde su viudez compartí con ella mi cuarto, y cada noche me dormía escuchando sus anécdotas de su remota España; y los cuentos o novelas que me contaba, como la de una tal Genoveva del Bramante.
A mi abuela materna no llegué a conocerla, pero sí al papá de mi mamá, que, aunque falleció cuando yo sólo tenía 5 años, lo recuerdo con cariño”.
Julia Amengual cursó sus estudios primarios en la Escuela nº 2. “El señor Rovira era el director; aunque era muy serio siempre fue cariñoso conmigo, y me recibía con mucho cariño cuando en días de lluvias intensas llegaba caminando y empapada. Siempre me decía ‘asistencia perfecta’, y eso me estimulaba a no querer faltar nunca”.
La primera maestra de la hendersonense radicada en Mendoza fue “la señora Rosita de Sarasíbar. Era toda una madre para cada uno de nosotros”. También tuvo a otras maestras: “Nilda Damiano, maestra y vecina; Felix Marcos; y, lógico, muchas más; de todas tengo los mejores recuerdos”
Algunos de los compañeros de aquellos primeros grados de escolar que recuerda son: “Patricia Muñoz, Fernando Sarasíbar, Alicia Gutiérrez, Marina Etulain, Analía Delgado, Pedro Bustamante, Pedrito Escribano, José Luis Bertuzzi, María del Carmen Macías, Gladys Ortega, entre otros tantos…”.
Después vino la secundaria, que dividió en dos establecimientos. “Los primeros dos años los hice en el Colegio Nacional. En primero mi compañera de banco fue Gladys Salvucci, y en segundo, Gabriela Arambarri; de ambas tengo hermosos recuerdos. Allí teníamos a la señora Ledo de profesora de Lengua; a la querida señora de Cabral con Historia; a la señorita Delorenzi con Matemáticas, con ella creo que nadie dejaba de amar la materia; a la señora Nené Valverde; a Noemí Locatelli; y tantos otros que marcaron huellas no sólo con su enseñanza, sino también con su forma de vivir y conducirse.
Los últimos tres años los hice en Perito Mercantil. Allí tuve como compañeros, entre otros, a Susana Campos, Elenita Serra, Alejandro Ledesma, Raúl Barreto, Carlos Beneitez, Liliana Solignac, ‘El Pilcha’ Contreras, Coqui Fourier y Ana Alicia Zunino, compañera de banco que me recibía en su casa para hacer las tareas, y su madre, mujer súper amorosa, nos atendía”.
Los padrinos de promoción fueron “el profe de Matemáticas, señor Lépore, y la señora Nené Valverde. Como eran súper compinches, los elegimos”.
Entre el cuerpo de profesores también tenían al “doctor Delorme, que de cualquier cosa sabía sacar un doble sentido, el cual yo no solía entender y me ponía al ‘Mono’ (así lo llamábamos) Ledesma para que me interpretara; pero él siempre fue muy respetuoso y se abstuvo de hacerlo”.
Después, “el profe de Contabilidad venía de Daireaux; ‘El Gringo’ Straccia, como lo llamábamos. Me encantaba hacer balances. Recuerdo que un día le presenté la carpeta y había subrayado los títulos con amarillo. Me dijo: ‘El amarillo significa desprecio’. No lo sabía, así que cambié de color”.
También integraba en cuerpo de docentes “el recién llegado a Henderson, y al que todos temíamos, profesor de Derecho, el doctor Unzué. Al principio temblábamos apenas entraba al curso, pero al ir conociéndole aprendimos a quererle mucho. Recuerdo que una de las chicas se tomaba un calmante antes que entrara él… Nunca nos gritó ni nos faltó el respeto, pero era serio, y todos los días tomaba lección oral, y exigía que supiéramos todo bien”.
En Literatura tenían a la “siempre alegre señora Nerita Alvarez, hoy ‘de Unzué’. Nos remontaba a los tiempos del Quijote, del Lazarillo de Tormes, y otros clásicos literarios”.
En Geografía no se andaban con chiquitas, tenían al frente de la clase a la directora, “señorita Cristina Barrera”.
En el último año de secundaria se jugó el mundial de fútbol de 1978, en Argentina, que ganó la selección nacional dirigida por César Luis Menotti. Del mes que duró el ecuménico encuentro futbolístico, Julia recuerda: “Todos los días jugábamos por las facturas; los que pronosticábamos erróneamente el resultado llevábamos facturas para todo el curso. No había profesor que se resistiera a escuchar con nosotros los partidos. Hasta el ya mucho más amansado profesor Unzué disfrutaba con nosotros, y estábamos libres de lecciones, exámenes, etcétera. Es el mundial de fútbol que más he disfrutado en la vida; no sé si por el futbol en sí, sino también por los ratos amenos que pasábamos, las lecciones que nos librábamos y las facturas que, con el hambre que teníamos, nos devorábamos…”.
Llamado de Dios, casamiento, desarrollo de la vocación y llegada de los hijos
Una vez egresada de Perito Mercantil, la hija de Andrés Alberto y Elsa Blanca trabajó un año en Seguros Sancor, con el señor Carlos Cabral, y en 1980 se trasladó a Lomas de Zamora.
En la segunda localidad más poblada del Gran Buenos Aires estudió en un Seminario Teológico con internado. “En el Instituto Bíblico Río de la Plata estudié tres años preparándome para cumplir con la vocación y el llamado que tenía de parte de Dios desde mi niñez. Siempre supe que quería servir a Dios, y aunque se me presentaron tentadoras ofertas para seguir una carrera universitaria, obedecí a ese llamado, lo cual ha sido lo mejor que he hecho en mi vida. Servir a Dios es mi placer”, cuenta.
Al terminar los estudios en Lomas se casó en Henderson con Omar Coronel, un mendocino que conoció en el seminario. El flamante matrimonio se trasladó a Paraguay, donde el esposo hacía seis meses que era pastor, en Asunción.
En la ciudad del vecino país estuvieron dos años y concebieron a Jonathán Matías.
Cuando el primogénito, hoy de 31 años, tenía once meses, los cónyuges regresaron a Argentina y se establecieron en la ciudad de San Martín, en Mendoza, donde los padres de Omar eran pastores.
“Vivimos con ellos unos pocos meses y comenzamos nuestra propia iglesia en una ciudad cercana, a 18 kilómetros, llamada Rivadavia. Eso fue en el año ’85, hoy la iglesia tiene 30 años. Tenemos un hermoso edificio, con más de 2.000 metros cuadrados edificados, y una preciosa congregación de más de 600 personas, que llenan de satisfacción nuestras vidas”, detalla Julia.
En la provincia ubicada en la región de Cuyo nacieron los tres hermanos de Jonathán Matías: “David Omar, de 29 años, licenciado en Relaciones Públicas, casado y padre de tres hijos, los dos primeros mellizos; Martín Ezequiel, de 26 años y licenciado en Minoridad y Familia; y Melisa Abi, de 21”. Los dos últimos estudian actualmente en el mismo seminario de Lomas de Zamora que lo hicieron sus progenitores hace más de tres décadas.
Rivadavia: características, similitudes y diferencias con Henderson
“La ciudad de Rivadavia es un poco más grande que Henderson. Acá no se divide la provincia en partidos, sino en departamentos, y cada departamento tiene ciertos distritos. En el caso de Rivadavia, con sus distritos tiene una población de más de 60.000 habitantes”, reseña Julia Amengual de Coronel. Y amplía: “Como buenos montañeses, son más cerrados que los hendersonenses, pero gente muy sincera, cauta y generosa. Al igual que toda Mendoza, la ciudad es muy limpia; acá se enceran las veredas, y en la mayoría de los casos, frente a cada casa hay acequias por donde corre el agua, ya que el riego en Mendoza no es por lluvia sino por canales que traen el agua del deshielo”.
En cuanto a la mayor fuente de trabajo existente, la protagonista de esta entrega de “No te olvidés del pago” afirma que “tiene que ver con el cultivo de la vid, con los viñedos, las bodegas y las fábricas de conservas; además de las destilerías de petróleo. La agricultura y la ganadería no es para nada un fuerte, a diferencia con Henderson”.
Respecto del clima de esta zona montañosa, indica que “es seco, al punto de que suelen pasar ocho meses sin que llueva una vez. Las tormentas son muy temidas, porque acarrean piedras; no granizo, como allá, lo que muchas veces provoca la pérdida de las cosechas tanto de uva como de frutales tales como durazno, damasco, ciruela, manzanas; frutas típicas de la zona. He visto piedras del tamaño de un huevo, y son más dañinas cuando caen en seco, como ocurre generalmente; después de caer la piedra recién se larga la lluvia”.
“Otra gran diferencia con Henderson -explica Julia- es que acá tiembla, y últimamente casi diariamente. Estuve en el terremoto del ’84; fue terrorífico para mí, que desconocía esto. El del mes pasado de Chile repercutió mucho en Mendoza y se sintió muy fuerte, también; pero acá las construcciones son antisísmicas, lo que las encarece muchísimo pero da seguridad”.
Otro aspecto disímil que marca es la inseguridad: “Es un flagelo que aflige mucho a la ciudad, y del cual nosotros hemos sido víctimas varias veces. Cuando voy a Henderson y veo las bicicletas en la vereda, los autos abiertos, las puertas sin llave, todo eso lo añoro y lo desearía disfrutar acá”.
En cambio, “la amabilidad de la gente, el saludarse los vecinos, son puntos en común con Henderson”.
Consultada sobre si tiene conocimiento de que vivan otros hendersonenses en Rivadavia y, en caso de que así sea, si mantiene trato con ellos, responde: “No he tenido la dicha de encontrarme con ninguno; que yo sepa no vive nadie de Henderson en Rivadavia. Pero un día que fui al banco tuve que mencionar a mi pueblo y se me acercó un empleado y me contó que él visitaba Henderson porque tenía una familia amiga, la familia Di Pietro; eso fue motivo de alegría”.
Agrega que “aunque en Rivadavia no me he encontrado con ninguno de allá, sí un día en la capital de Mendoza, ubicada a 60 kilómetros, entré a una tienda a comprar ropa para bebé y la dueña me reconoció como de Henderson; era la hija del doctor Patelli, Alejandra. Fue una alegría encontrarme con alguien de mi pueblo”.
En relación con fiestas tradicionales que tiene la ciudad en la que vive, Julia expresa que “tanto Rivadavia como Mendoza en sí es conocida por la Fiesta de la Vendimia; pero antes de realizarse la Fiesta Nacional de la Vendimia, cada departamento tiene su fiesta. En el caso de Rivadavia le llaman ‘Rivadavia le canta al país’, y durante la semana de fiesta se reúnen por noche más de 30.000 personas, que de todo el país vienen a escuchar a los famosos de moda. Además de cantantes se presentan bailes folclóricos y se elige la reina departamental, que luego competirá con las reinas de los demás departamentos por el trono de Reina Nacional de la Vendimia; Rivadavia tiene varias reinas en su haber”.
Un trabajo territorial dedicado a ayudar al prójimo
A continuación, Julia se explaya sobre la labor que desempeña, la cual desarrolla tanto en la localidad donde vive como en distintos lugares del resto de Argentina.
“Mi trabajo en la ciudad de Rivadavia lo desarrollo junto a mi esposo como pastores de la Iglesia Centro de Adoración, donde trabajamos ayudando a la gente a conocer a Dios. Hemos visto y experimentado muchos milagros de Dios en la vida de las personas. Muchos sanados milagrosamente por el poder de Dios; de cáncer, pie plano, muelas emplomadas milagrosamente, tumores que han desaparecidos, etcétera. Muchas y diferentes enfermedades, pero lo que más gratificación nos causa es ver personas transformadas en su manera de vivir: drogadictos que dejan la droga y se convierten en personas útiles a la sociedad; prostitutas que dejan su mala manera de vivir y se transforman en mujeres de familia, con vidas totalmente diferentes; personas con depresión, muchas de ellas con intentos varios de suicidio, y que al conocer del amor de Dios son cambiadas en personas felices que le hallan el sentido a la vida; familias destruidas que son restauradas; etcétera. Nuestra parte es sólo enseñarles lo que Dios ha dejado escrito en su palabra, La Biblia, y cuando la gente le cree a Dios y practica lo que en ella está escrito, es bendecida.
También tenemos nuestra propia radio, donde mi esposo y mi hijo mayor, de profesión periodista, trabajan: FM El portal 100.3. Y nuestro segundo hijo, David, además de compartir el pastorado con nosotros, como pastor de jóvenes, preside un grupo que llamamos ‘Todos contra el abuso’, donde semanalmente visitan las escuelas con obras de teatro y payasos, previniendo a los niños del abuso sexual infantil, enseñándoles a decir ‘No’ a los abusadores, y enseñando a los padres a reconocer los signos de abuso sexual en sus hijos. Esto surgió por el alto porcentaje de niños abusados en Rivadavia, y a través de esto, muchos niños han denunciado a sus abusadores, muchos de los cuales han sido procesados y están en la cárcel”.
Por su trabajo, el matrimonio Coronel Amengual viaja con frecuencia por el país para dar conferencias, talleres, prédicas. El marido conoce todas las provincias, y a la esposa le faltan Santa Cruz y Tierra del Fuego.
Lugares recomendados y Henderson siempre presente
De todos los sitios conocidos, entre los destinos para vacacionar eligen: “Si es en verano buscamos el sur, Bariloche, Villa la Angostura, Esquel; son lugares preciosos. También Mendoza es muy recomendable; tiene preciosos paisajes en la zona de San Rafael, Potrerillos, Las Leñas, Penitentes. Si les gusta la nieve deben venir en invierno, y si no, el resto del año es también hermosa. Córdoba y San Luis tienen también mucho para ofrecer; ahí lo prefiero en otoño o primavera. Y nuestro norte, Salta, Jujuy, tiene su encanto, pero a mi gusto para ir en invierno, por las altas temperaturas. No me puedo olvidar de Misiones, con sus cataratas, donde pasé la luna de miel, imponentes y preciosas. Pero por más lindas que sean las demás provincias, con sus ciudades, ninguna es más significativa para mí que nuestra pampa húmeda, con su olor característico, con sus llanuras inmensas, sus sembrados. Y qué decir de mi Henderson, que hace estremecer mi corazón cada vez que lo visito”.
Esas visitas se producen casi siempre dos veces al año. En el terruño natal, Julia disfruta no sólo de su familia, “que es el móvil principal de mis viajes”, sino también de “hermosas caminatas por el acceso hasta la rotonda”. En ese sector del pueblo dice que le encantaron “los aparatos para hacer gimnasia que han puesto, las obras de escultura en los árboles que vi la última vez”.
Asegura que “cada día crece y se ve más linda y moderna la ciudad. ¡Hasta semáforos tenemos ahora! De las calles de tierra con un foco por cuadra, donde con ramas cazábamos mariposas en la niñez, los cambios han sido muchos”.
Respecto de lugares que frecuenta cada vez que regresa de visita, “además de la familia, de algunas amistades, está la iglesia evangélica, de la calle Italia 530. Allí fui presentada cuando era una bebé, allí me bauticé, me casé, y allí conocí a Dios y recibí su llamado para el pastorado. Nunca dejó de asistir, y siempre me honran permitiéndome predicar”.
Por último, en cuanto a la posibilidad de volver a radicarse algún día en su pueblo natal, Julia Amengual dice: “No sé si alguna vez volveré a radicarme; no está en nuestros planes, ya que todo nuestro trabajo, familia y nuestra iglesia la tenemos acá; no me disgustaría terminar mis días en mi pueblo, pero eso no lo sé”.