19-02-2011 15:25 |
Las inundaciones de los 80 flagelaban a los productores de la zona, pero, a la vez, otorgaban otras posibilidades más humildes y curiosas; por ejemplo, la gran cantidad de nutrias que invadieron la región y abrieron el mercado de su venta para la utilización de la preciada piel. Así, ir a cazar nutrias era un buen negocio, si en la aventura no se malograba una escopeta, como en el caso que contaremos a continuación
Los dos únicos testigos del hecho son el dueño del arma y quien escribe estas líneas, y sucedió en el campo donde trabajaba el padre de este último. El frío del invierno no impedía que para los dos adolescentes, deseosos de tener algunos pesos más para pilchas y fines de semana, se metieran hasta la cintura en las amplias lagunas de lo que era La Juanita y hoy es El Recreo, a la caza de las pobres nutrias.
Venía bien la cosa, con una buena cosecha de piezas y ya en el retorno a la casa para buscar un baño caliente, cuando un hermoso ejemplar cruzó ante la mirada aguda del más experimentado de los cazadores. “Ahí, detrás de los juncos, hay una grande”, dijo, y se parapetó como para realizar el disparo. Apuntó, un poco a tientas entre el juncal, y diparó. Erró. La nutria se movió y le dejó mejor ángulo. Volvió a cargar y disparó de nuevo. La hirió. “Vamos a cazarla a manos, no gasto más cartuchos en ésta”, dijo después.
En medio de la laguna empezó la persecuta desigual ante el animal herido, y cuando la tuvo cerca, el cazador tomó la escopeta por el caño y le pegó un culatazo a la nutria en la cabeza. El roedor murió, pero la escopeta también: la culata se desprendió del caño. “Mi viejo me mata”, fue la primera reacción, mientras con cierto desespero buscaba en el agua semiestancada un resorte que, obviamente, jamás apareció.
La caza fue buena, pero la sensación que quedó en la tarde fue de derrota, y lo recaudado debía ser destinado al arreglo del arma. El cazador es hermano de aquel de quien hablamos cuando contamos hace un par de semanas la historia del preámbulo.