Después de cuatro años de andar noviando, la pareja formada por un joven hendersonense y una joven pehuajense no estaba pasando por su mejor momento, razón por la cual la chica le dijo al muchacho que lo más conveniente era que hicieran un paréntesis en la relación, que se tomaran un tiempito y volvieran a intentarlo. El novio, al ver que ella estaba muy firme en su decisión, antes de perder a su amada para siempre, prefirió estar de acuerdo con la postura.
Por supuesto que el tiempito que durara el paréntesis la pareja iba a vivirlo de manera separada. Como al departamento que oficiaba de nidito de amor lo alquilaba el padre de la muchacha, el joven de nuestra ciudad pasó de nominado a expulsado y tuvo que abandonar la casa.
Aunque esto no fue inconveniente para él, pues sabía que en el Centro de Estudiantes Universitarios de Henderson siempre había una cama disponible y una mano tendida para alguien caído en desgracia. Y así fue: agarró el “mono” y rumbeó para calle 48.
El tiempito se fue convirtiendo en tiempo completo y el novio –a esta altura prácticamente ex- ya no sabía qué hacer para que su amada, aunque sea, diera una señal. Se cansó de hacer llamados telefónicos, enviar mensajes de texto y mails y no recibir respuesta alguna.
Pero el amor es más fuerte, así que el despechado decidió jugarse a todo o nada.
Sabía, por una amiga en común, que, aunque ya había pasado casi un año de la ruptura, la chica tampoco estaba saliendo con otra persona. Entonces decidió tomar el toro por las astas y, desoyendo a sus amigos del CEUH que le aconsejaron lo contrario, ese 14 de febrero por la noche agarró la guitarra y se dirigió muy decidido a darle una serenata al amor de su vida, a pesar de que sólo él era el enamorado.
Mayúscula fue la sorpresa de sus compañeros de pieza del centro de estudiantes cuando vieron entrar, ya de madrugada, al muchacho con un ojo hinchado y moretones en la cara.
-“¿Qué pasó? ¿Te agarró el nuevo novio de tu ex?”, preguntó uno de los compañeros de cuarto.
-“No, nada que ver, si no está con nadie”, respondió el infortunado.
-“¿Y entonces? ¿No le gustó la serenata y te tiró un cenicero por el balcón?”, interrogó otro.
-“No, si le canté un bolero que le gusta mucho. Ese que dice ´Qué nos sucede vida, que últimamente…´”, explicó el novio, y agregó: “Lo que pasó fue que me traicionó la memoria”.
-“¿La memoria? No me digas que te olvidaste la letra del bolero”, trató de adivinar el tercero de sus compañeros.
-“No”, dijo el muchacho, y remató: “Me olvidé de que ella se había mudado de departamento y ahora ahí vive el jefe de la barra brava de Gimnasia…”.