CUANDO LA MEDICINA SE CONVIERTE EN UN NEGOCIO, Y EN HENDERSON TAMBIEN
“Cuando la medicina se convierte en un negocio”, algo de lo que poco se habla en voz alta y algo en que nos debemos un debate en serio, en Henderson y tal vez más allá de nuestra ciudad, porque también es la disconformidad en Pehuajó y otras ciudades cercanas. Cada vez más aportes se hacen a las obras sociales y más mandamientos burocráticos se siguen adelante, y a pesar de ello, los afiliados se ven rehenes de la larga espera, la desidia y el injusto “plus” que se le paga a la corporación médica, exceptuando desde ya algunos pocos profesionales de la salud que a la vista no han hecho fortuna a expensas de la desgracia ajena.
Voy a referir, en carácter de opinión abierta, a la situación que estoy viviendo con mi madre, pero que de cerca le ha pasado a muchas personas allegadas, víctimas de la burocracia y el chantaje médico, que como agravante tampoco han contribuido en una solución concreta, en una temprana derivación ni en la discreción de un trato humano y correspondiente al “Juramento hipocrático”.
En 2013, mi madre, Antonia Manuela Lastra sobrellevó graves problemas de salud, al punto de estar en un estado de coma. Superó en dos ocasiones ese estado, y en correspondencia, hizo múltiples estudios, entre ellos placas, en las cuales sobresalían tumores al visibilizarse grandes manchas sobrepuestas en uno de los dos pulmones.
No poniendo reparo en ese detalle, el tiempo transcurrió y en mayo de 2014, el tumor más grande continuó creciendo sobre el pulmón, mientras otros más pequeños no eran tan fáciles de ver. Por consecuencia, una fuerte tos y un grado de debilidad interior comenzó a apoderarse de mi mama, quien acudió en primer lugar al médico Juan Pedro Romero, que por “presunto error” infirió una patología respiratoria (y sin reparar en otras variables de análisis, pregunto), ordenó realizar una endoscopia de pulmón izquierdo, lóbulo inferior. Sin detenerse en resultados colaterales ni en la complejidad del problema la comenzó a tratar por problemas respiratorios, extendiendo el tiempo, mientras un cáncer letal avanzaba al extremo de debilitar todos los síntomas vitales de mi madre.
Recurrí de emergencia a Pehuajó, donde la displicencia fue idéntica tratándose de aquellos médicos que son multifuncionales, curan de palabra y no profundizan ni invierten en aparatología. Digo esto porque ya ni las agujas para realizar biopsias tienen, es decir, disparates que en el siglo XXI no debiéramos permitir, de la misma manera que pacientes con enfermedades de contagio o de emergencia oncológica al tener que estar penando en pasillos y salas de espera junto con un innumerable conjunto de pacientes o personas de tratamientos programados. Hasta también pasé por el prohibido “plus” que en Henderson varios médicos agregan por cada consulta o atención, por arriba de la obra social que cada afilado paga. Todo esto con el Sr. Juan Miguel Cumba (conocido por sus cirugías, pero del resto deja mucho que desear…), porque omitió el problema de raíz desde 2013, cuando tuvo en su mano por primera las placas donde aparecía el tumor.
Este retraso en el pedido de agujas para hacer biopsias, que ni todas las farmacias las disponían (algo que también está mal), y dudas de profesionales que apenas estudiaron medicina y de coraje o interés incursionaron por especialidades sin completar la pos-graduación universitaria (algo que me dediqué a averiguar en todo este tiempo de impotencia, y con sorpresas al conocer la limitada trayectoria de quienes administran o cuidan de nuestra salud), llevó a una tardía auto-derivación a Junín, allá por noviembre. Sí, en noviembre, con más de un año de atraso en un tratamiento oncológico que de haberse iniciado a principios de 2014. De ser así, tendría posiblemente a mi madre en un estado no tan terminal. Digo esto, y con mucha bronca porque no se detectó la evolución en tomografías ni placas que a la vista mostraban la patología evidente de un tumor… y porque después de toda esa tardanza, hubo lentitud de meses en mecanizar el protocolo de tratamiento a mi madre. Se agravó entonces su cuadro, con más gastos e incertidumbres que hoy lesionan a toda su familia y círculo afectivo. A esto, quiero agregar que ninguno de estos médicos ni siquiera derivó de oficio. Tampoco recibí un llamado o acercamiento para ponerse a disposición, como sí en cambio lo encontré con médicos del alma, como Hugo Kreiker y en la faz administrativa de PAMI, con Leandro Castaño.
Causa mucha tristeza y pese a que mucha gente me dijo, “no te metas…no lo hagas o no te conviene”…. creo que decir en voz alta quienes no merecen mi consideración y la de muchos, es sumamente justo. Es su profesión y bien que ganan, y solo atendiendo a la ligera, en una medicina de primera instancia, cobran más que un profesional más formado y con compromiso full time de sus pacientes en estado de emergencia oncológica. Para decir esto no improviso y no reduzco mis palabras a la impotencia, que como ya lo dije datan de hace varios meses. Hoy me estoy haciendo tratar a mi madre con un Instituto Oncológico de la ciudad de Rosario, aquel que interactuó décadas atrás con crotoxina y posteriormente con otros avances experimentales de la Universidad Nacional de Rosario.
No sé si los factores “tiempo” y “displicencia médica” serán superados a esta altura del tratamiento de mamá, pero de lo que sí estoy segura es que tanto el médico Juan Pedro Romero como otros de la misma estirpe no serán públicamente adeptos de mi devoción. Me voy a dedicar si es posible a poner al descubierto muchas actitudes de este tipo de personas que gratuitamente se formaron en una Universidad, y que después, olvidaron sus principios y se dedicaron a lucrar por sobre lo autorizado, y encima, ejerciendo deficientemente su profesion, con desvinculación posterior del paciente, que como dije, empeoró y en una tendencia grave su salud. Yo también pasé por una Universidad Nacional y no lo hice pensando en lucrar; también me ataron y me atan otros principios.
Yo, como hija única y viviendo a más de 1.200 kilómetros dejé una casa, un trabajo y hasta hice peligrar la continuidad de mi hijo en sus estudios primarios; es decir, me puse a la altura de las circunstancias, como corresponde. Lo mismo pido, si es su profesión y trabajo… a los médicos que ya no atienden a los pacientes en sus domicilios cuando están graves, o piden tanto dinero como condición, pasando por alto las prescripciones que lo prohíben al estar inscriptos en convenios de obras sociales (y que ya perciben ingresos), de igual modo que al atender en lugares públicos y no invertir en la aparatología médica necesaria, que es su herramienta de trabajo.
Pido disculpas si ofende a algún profesional de la salud, pero esto es más que nada para poner en evidencia lo que está mal y debemos cambiar, dando tiempo y reflexiones a aquellos médicos que cometan este grado de irregularidades o negligencias. De buena fe, muchas personas agachan la cabeza o hablan en el interior de sus círculos afectivos, pero no es justo, hay que decirlo y que se discuta para poder corregir un sistema médico que se ha convertido en una corporación, con grandes circuitos burocráticos, altos honorarios y una distancia cada vez mayor con las personas que menos pueden costear un tratamiento o que pudiendo, confían al entregarse a supuestos “profesionales”. No quiero que terminemos como dice el dicho popular “la confianza mata al hombre”, porque esto ya está pasando en mi madre y conozco otros hechos.
Virginia Casademón.