Parte de arriba de la sede de FCH. Los hombres de la alta sociedad estaban listos para iniciar la habitual mesa de póquer. Pero los minutos pasaban y el integrante que faltaba no llegaba. Entonces, para no abortar la partida, los presentes decidieron, aunque con un dejo de reticencia, convocar a un “busca” que andaba rondando por las mesas de abajo, donde la timba no iba más allá del truco, el mus o el codillo y se jugaba por mucha menos plata, en muchos casos sólo por el café.
El convocado aceptó el convite pero aclaró que tenía poco efectivo; aclaración que no hacía falta, por cierto.
Los convocantes, de abultadas cuentas bancarias, ya habían previsto que tenían que prestarle un dinerillo al Flaco para que pudiese sentarse a compartir las dos horas de póquer. Y así lo hicieron. Y así se arrepintieron más tarde, también.
Tanta fue la liga esa tarde del muchacho invitado, que desplumó de billetes de todo color y valor a los señores habitués. Eso sí, al llegar la hora fijada para la finalización de la partida, devolvió la plata que le habían prestado para poder “jugar en Primera”.
Saludó a los presentes, que se quedaron mascullando bronca y juraron no volver a cometer semejante torpeza, y se dirigió a la puerta de salida. Con una mano en el picaporte, el Flaco -con cuyo apellido y nombre se forma el nombre de uno de los mejores escritores argentinos- se dio vuelta y, con una irreverencia total, espetó: “Perdón… ¿mañana van a venir?
Los esperamos la semana que viene y les recordamos que pueden enviar sus anécdotas a info@hendersonline.com.ar