El gorra Blanca pide al bolichero una vuelta más: había esquilado las pocas ovejas que quedan en las quintas o chacras alrededor del pueblo y ahora convida a sus compañeros otra copa. Fueron unas cinco o seis changas, no más. En algún momento había pensado ensillar el malacara para ir a esquilar, pero la moto es más práctica: metía la caña de bota cosida con las tijeras y las piedras de afilar debajo del asiento, llenaba el tanque y no tenía que madrugar de más ni perder tiempo ensillando. Es la segunda vuelta que convida y ya con eso se da por cumplido: está esperando que pague Bolazona, aunque sabe que no es muy mano suelta.
Mientras los paisanos conversaban entraron el Loco Fernando y Gorrialeguín y se acodaron en el mostrador a tomar un vino. Gorrialeguín venía de regar la huerta y capar las plantas de tomate (en una época participó de una cátedra de Soberanía Alimentaria en la Universidad de La Plata, interesándose por la agricultura orgánica y familiar). Escuchó a los paisanos hablar de doma: Bolazona contaba cómo a un conocido se le había desnucado un potro al tirarlo de la boca a cincha de caballo. Gorrialeguín interrumpió la conversación con las conocidas estrofas de Martín Fierro: “Muchos quieren dominarlo/con el rigor y el azote/y si ven al chafalote/que tiene trazas de malo/lo embraman en algún palo/hasta que se descogote”. Dijo luego que su padre de niño agarraba los potrillos aún chicos y los criaba con él, que era la mejor doma. Entre bromas y risas le contestaron que en ese caso más que un caballo parecería un perro.
Fue hasta la camioneta del Loco y trajo un libro. Leyó cómo Drácula había tratado a los caballos al fungir de cochero: “Los acarició y tranquilizó, susurrándoles algo al oído como hacen los domadores, lo que tuvo un efecto extraordinario, ya que después de sus caricias se volvieron nuevamente manejables, aunque temblaban todavía”. No veía, dijo, diferencia con José Hernández cuando pone de ejemplo al indio respecto de cómo domar o expresa: “El animal yeguarizo/(perdóneme esta alvertencia)/es de mucha conocencia/y tiene mucho sentido;/es animal consentido/lo cautiva la paciencia”. La respuesta fue que para domar hay que tener algo en la bolsa: ser jinete; y que los golpes que puede dar un caballo al domador no vienen explicados en los libros. Pensó en una frase de Nevzorov sobre la amistad entre caballos y hombres, pero entendió que no era el lugar.
Gorrialeguín y el Loco terminaron sus respectivos vinos y se despidieron. Muchos aspectos de la doma criolla les resultaban brutales y Gorrialeguín se preguntaba si esas características serían atribuibles al “influjo de la llanura”, al trabajo de la pampa y la vida agreste del campo sobre los hombres. Pensó que posiblemente en los gauchos se manifieste la acción de la pampa, pero que, también en ellos está la sangre de los conquistadores: Lope de Aguirre, Cortez, Pizarro, Ursúa, y en ella la crueldad y la codicia. Por otra parte, también sabía que, como el mismo José Hernández proponía, había paisanos que siendo jinetes se amoldaban a la costumbre india de domar con mucha paciencia y cuidado.
A dos o tres cuadras del boliche, ya sobre la última calle del pueblo, pasaron por la casa de Valerio Espinillo. Lo vieron sentado bajo la parra. Estaba inmóvil, como semidormido o aletargado y transmitía una sensación de quietud que se correspondía con la calma del mediodía de verano (no pudieron distinguir si el sopor meridiano emanaba de él o si lo invadía). Debajo de su silla dormitaba un perro ceniza y a su alrededor se veían algunas gallinas echadas con sus alas y picos abiertos sobre la tierra escarbada. En ese sosiego pampeano estaban la infinitud del espacio y el tiempo. El Loco Fernando dijo que si había alguien en quien estuviese toda la llanura, alguien que perteneciese a la pampa, ése era Valerio. Gorrialeguín añadió que le recordaba a Platón Karataiev por su amor a los animales (aunque seguramente no rezaba por ellos como aquél); y por su facilidad para desprenderse de actitudes y comportamientos que no son naturales en él, sino máscaras o corazas necesarias para enfrentar picardías y malicias en las cuadrillas, los campamentos, los ruedos paisanos y tratar con los patrones.
El Loco contó entonces, mientras manejaba, lo que sabía de la vida de Valerio: había llegado al pago en un carro tirado por caballos y conducido por su padre resero. Traían algunas cobijas, un brasero, una olla y una pava de fierro, que apenas ocuparon lugar en el rancho que levantaron. Se crió juntando cáscaras de eucalipto y bosta seca para el fuego, también haciendo mandados a los ricos, como se decía de los patrones o la gente adinerada; ésa fue su educación: lo aconsejaban y le enseñaron que si deseaba algo no debía agarrarlo, sino pedirlo (así me lo contó cierta vez, intuyo, que para justificar ese hábito). A los 10 años entró a la pampa como boyero y ella se fue agrandando en él. A los 11, con una jardinera y un caballo, fue, repartidor de carne de un almacén de ramos generales por chacras y puestos de estancias en Estación Lavalle. En el partido de 25 de Mayo, vendó manos y patas de caballos y trenzó sus colas. Supo del cuidado de campos de golf, de podas, injertos y almácigos, con jornadas de sol a sol, en el establecimiento El Lucero: 14.000 hectáreas cerca de Pirovano. Años más tarde, en una campaña de trigo llegó hasta Germania, 100 leguas hacia el norte, con un equipo de herramientas agrícolas y manejando un tractor durante 10 días. Por Vallimanca alambró campos de barros blancos y pegajosos.
Gorrialeguín había escuchado con atención, pensó en los paisanos del boliche, en Valerio, en la pampa y finalmente dijo que la cuestión de los hábitos criollos y de la influencia de la llanura en los hombres, ya no es importante porque la desaparición de la vida y el trabajo rural es una de las principales ganancias de la agricultura transgénica; y en ella, más importante que la propiedad de la tierra es su posesión o su uso, lo que puede observarse en los chacareros que alquilan sus tierras y viven en el pueblo. Y afirmó también que en estos cambios veía el papel de la tecnología en el desplazamiento de lo tradicional o rural a lo moderno. Siguiendo ideas de Bolívar Echeverría acerca del origen y las bases de la modernidad, sostuvo que en el Siglo X una nueva fase técnica planteó un desafío: ¿qué hacer con ella? Entre las respuestas hubo una en que la innovación técnica se convirtió en el medio para la obtención de ganancias extraordinarias, la llave para una victoria en la competencia mercantil sólo superada por una nueva innovación. Esta respuesta que se impuso en términos prácticos, es una nueva lógica que actúa organizando la sociedad de modo diferente a la lógica tradicional, y es la que hará de la modernidad una modernidad capitalista.
Siguieron viajando en silencio. En tanto, Valerio abandonó la sombra de la parra. Se lavó y refrescó en la bomba para ir a almorzar. Temprano había hecho una changa. Después cortó verdolaga para sus gallinas y diente de león y achicoria silvestre para ensaladas, con eso y milanesas de chajá que le había dado su hija tenía cubierto el día. (Vive en las orillas del pueblo, pero la ciudad no lo arrebata: no es un converso. Un “ímpetu secreto” lo sigue empujando a la pampa.).
En el boliche terminaron sus copas. Bolazona sacó la bicicleta del cordón de la vereda, y se dirigió a su casa. Antes de llegar encontró a su vecino. Le contó las novedades: Sampallo había puesto precio en dólares a una yegua mestiza y había hecho servir otra con un pura sangre; El Tato Serra había montado en una jineteada a “El Padre de los Gauchos” y aunque había caído el premio igual había sido muy bueno, en abril, iría a una fiesta grande donde habría un auto en juego. Su vecino se asombró de los premios de las jineteadas y del pretendido valor de la yegua de Sampallo, se acordaba (aunque eran animales de trabajo) de que Cayetano Sentucci, ya sin poder andar a caballo por los años, y con unas pocas hectáreas, no vendía los potrillos porque le gustaba ver la caballada en el campo, y ahí iban envejeciendo con él, potros nomás; antes de irse dijo que ya para los paisanos cualquier caballito mestizo puede jugar al polo y vale fortunas.
Lo criollo perdura más en los recuerdos y conversaciones (aunque la sabiduría de la gente antigua se va perdiendo), que en la pampa misma. ¿Las historias de estos hombres de la llanura serán también anverso y reverso de una misma historia?: la de paisanos y trabajadores del campo, que habitan en un mismo tiempo y lugar, pero a los que distintos y opuestos ímpetus motivan: unos persisten en los modos de vida de la pampa y prefieren sus rituales; otros, tal vez los más, acaso porque “un hombre, es a la larga, sus circunstancias”, se sienten atraídos por la lógica de la ciudad, la lógica mercantil, que desde la tecnología, ocupa ya todos los espacios de la pampa. ¿Hay un destino del gaucho? Ahora que la vida rural se extingue y que su misión pastoril (y Hernandiana) está cumplida, ahora que el destino errante y el dirigirse a los cuatro vientos no pueden regresar, ¿el gaucho, o mejor aún, el paisano gaucho, tiene destino en estas llanuras? ¿Es nadie o es otro?