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Crónicas paisanas: La vuelta de Bolazona

04-02-2014 11:27 | 

Tadeo Cruz se hizo un tiempito entre sus diversas actividades y nos acercó una nueva entrega de estas historias que ocurren en la llanura centro-oeste bonaerense y que él tan bien pinta. Tan interesantes son las crónicas del amigo, que desde 9 de Julio escribieron a Hendersonline para ver si podían incluir una de ellas como material de lectura en un curso que se estaba dictando en esa localidad. Compartimos el relato de hoy, en el que, además del Gallego Bolazona, cobran protagonismo Valerio Espinillo, José Garamenza, el Turco Kapuk y el Loco Fernando, entre otros personajes

 

 

   Crónicas paisanas de la llanura centro-oeste bonaerense 

 

Valerio Espinillo tranqueaba decidido para su casa cuando de casualidad se encontró con el Gallego Bolazona. El Gallego también volvía buscando la querencia después de tomarse unas cañas e iba charlando con José Garamenza. Eran  todos conocidos, así que enseguida se generalizó la conversación.   

 

Bolazona contó una vieja anécdota de un turco vendedor de baratijas y pilchas que hace años recorría las estancias y campos ofreciendo sus mercancías. El turco, ya apaisanado, se cruzó con un criollo que andaba galopeando un redomón. Le pegó el grito: “¿Samarreando el cormiyudo?”; y observando el cogote, la cabeza y flexión de la nuca, el bocado y la lengua, que el pingo dejaba colgar a un costado de la boca, expresó: “Blandito el duraznito”. Los tres festejaron con risas el hecho de que el turco se permitiese cargar y meter púa a los criollos como uno más de ellos.   

 

Valerio también era hombre de cuentos y anécdotas. Recordó al turco Kapuk y aquella ocasión en que llegó a un puesto: “¡Buen día badrona!”; “¡Buen día señor!, respondió la puestera; “¿Está el badrón?”;  “No señor”; “¡Volada val turco!”, murmuró el vendedor.  Después de que rieran e hicieran acotaciones, Valerio recordó otra anécdota: Kapuk había vendido una bombacha a un puestero, la tela era de mala calidad y encogió mucho, hasta casi una cuarta arriba de los tobillos. Kapuk se enteró de que el puestero había dicho que le iba a sobar el lomo a rebencazos por haberle metido el perro. Un día se encontraron y el turco se apuró a saludarlo diciéndole: “¡Qué grande estás!, ¡Cómo has crecido!, ¡Estás más alto!” Todos rieron y festejaron la astucia y picardía del turco.  

 

La charla siguió y  Garamenza contó que su trabajo en la estancia se limitaba, hacía más de un año, a desarmar corrales, mangas y alambrados, es decir, las instalaciones que tuviesen que ver con el trabajo con animales. Era el único empleado que había quedado; ya todo el campo estaba sembrado de soja y su tarea de domador pertenecía al pasado.  Contó también que en otra estancia vecina desarmaban tanques y molinos y hasta estaban enterrando o demoliendo los puestos; y que al irse despoblando, en el campo se volvían a ver muchos bichos: liebres, zorros, avestruces, chanchos cimarrones, etcétera.  

 

Muy excepcionalmente alguien podrá acriollarse o apaisanarse en estas llanuras, porque los paisanos se van perdiendo, como los caballos, la hacienda a campo y la vida rural. Pero el espíritu del mercader se extiende por la pampa; desplaza al “estar” americano, que de algún modo perdura en lo criollo y en la naturaleza, cuando logra escapar a la técnica. Los cálculos utilitarios, el beneficio propio,  también la astucia y picardía del mercachifle, van encontrando su lugar en el más remoto y perdido rincón de la pampa de la mano de nuevas tecnologías. La lógica de la ciudad está ya en la llanura toda, y sus paisanos se transforman en habitantes de las  ciudades y sus periferias. Trabajan en la construcción, chancherías, frigoríficos, cortan el pasto en verano o hacen leña en invierno y las más diversas changas.  

 

El agronegocio y la técnica urbanizan un campo despoblado. Tal vez sí, ahora, la pampa vaya siendo un desierto, un lugar despoblado, pero urbanizado. Aunque la llamaron desierto durante el siglo XIX, no lo fue, pues allí habitan los indios americanos. También los gauchos fueron sus habitantes, y más tarde los inmigrantes y chacareros. Unos y otros han ido desapareciendo. Los indios: fueron prácticamente exterminados a partir de las campañas militares de Julio Roca y los sobrevivientes,  destinados a servicio doméstico y peones de estancia. Los gauchos: fueron llevados en leva para combatir a los indios; se desangraron en guerras de montoneras, caudillos y generales disputando el tipo de país; finalmente se convirtieron en el “paisano gaucho” de campos  alambrados y con patrón, y que hoy se van perdiendo. Los chacareros, más cercanos en el tiempo, accedieron a ciertas extensiones de tierras, iniciándose en muchos casos como arrendatarios;  a comienzos del Siglo XXI, una gran parte de ellos, han ido dejando sus chacras para vivir en el pueblo y se van convirtiendo en rentistas; alquilan sus campos para la siembra intensiva y de precisión de soja y maíz, destinados a la producción de harinas, aceites, biocombustibles, bioplásticos o forrajes.   

 

Se iba haciendo medio tarde; los paisanos se despidieron y rumbearon  a sus casas. Nacieron y se criaron en estas llanuras, pero Bolazona (como Garamenza) se identifica únicamente con los paisanos de a caballo y también con los cazadores, mientras que Valerio es el típico siete oficios de la pampa. Ha hecho de todo: tambero, alambrador, tractorista, carnicero, parquero, cazador, estibador, lechuzón, cosedor de bolsas, boyero, petisero, repartidor de almacén de ramos generales Lo que se pueda imaginar en el campo. Y hasta alguna vez anduvo medio de caminante: sin llegar a “linye”, tuvo un paño batarás, compadrón y pituco, con el que cuadró el mono y salió  por los pagos vecinos.    Bolazona se quedó pensando en las charlas de ese día, en los tiempos idos y en los de ahora. En el boliche había estado con Gorrialeguín y el Loco Fernando, que comentaban algo leído por el locutor de la radio local (una entrevista publicada en un diario a un economista: Beisang) y que venía a cuento de los cambios en la pampa: “Cuando se transforma la luz a través de la genética en granos y después se transforman esos granos en carnes, ese fenómeno coloca a una economía entre las más competitivas del mundo”. El incorregible libertario manifestó sus reparos a lo escuchado y dijo que  prefería la afirmación de Feyerabend: “La racionalidad es una tradición entre muchas, más que un estándar que las tradiciones deben conformar”.   

 

El sentía como propia, aunque reconocía que estaba muy lejos, la utopía de Hinkelammert: “No se puede vivir, ni como ser humano particular ni como humanidad, sin liberarse del mundo del cálculo de utilidad. Estoy convencido de que hoy la humanidad no puede asegurar su sobrevivencia sin liberarse del cálculo de utilidad. No obstante la modernidad destruyó esta libertad de una manera tan completa, que ni siquiera contamos con una palabra para referirnos a ella.” El Loco Fernando, que lo escuchaba atentamente, tuvo una inspiración y dijo que, aunque resultara increíble, la pampa y los gauchos tenían una palabra para esa libertad: Gauchada. Lo que no era de extrañar, justamente por la tradición india y por lo que hay de ella en la herencia criolla de nuestro país; sólo que últimamente la Gauchada se ha ido perdiendo y la tradición del mercachifle se ha impuesto. Gorrialeguín dijo que la idea del loco no era descabellada, ya que Gauchada no difiere demasiado de “gratuidad”, la palabra que para Hinkelammert más se aproxima en español a “la libertad frente a la compulsión del cálculo de utilidad.”  

 

El Gallego no había podido seguir toda la charla, algunas de esas cuestiones hubiesen requerido alguna aclaración extra; finalmente se dijo que no era más que conversación de boliche y se despidió. Fue cuando se cruzó con Valerio. Ahora sentado en su patio para aprovechar el fresco de la noche, pensaba y veía, sí, muchos cambios en la pampa y en los paisanos. Finalmente se puso a mirar un programa de jineteadas  por televisión. Valerio, al llegar a su casa peló y puso a hervir unos choclos que le trajo un vecino, lavó unas ciruelas que había pedido en una casa donde fue a limpiar el patio y cortar unos ligustros, luego sacó de la heladera unas presas de peludo sancochado que puso sobre la mesa con una fuente de papas y zapallo hervido, además de unas chauchas también hervidas que, de la huerta, le habían dado en una casa donde hizo otra changa. Todo mientras su esposa terminaba de remendar unos pantalones viejos.   

 

 

Lluvia: 12, 15 y 17 milímetros registraron, respectivamente, YPF, sector Agronomía de cooperativa El Progreso y Marcelo Posada hasta las 18 horas del viernes 6 de noviembre. Así informaron en uno y otro caso ante la consulta de Hendersonline.

 

+ A la edad de 61 años falleció Héctor Daniel González. No se realiza velatorio. Sepelio: viernes 6 de noviembre a las 9.30 horas. Se llevará a cabo un responso en la Iglesia evangélica (Italia entre Rivadavia y Mariano Moreno). Q.E.P.D.

 

El HCD de Hipólito Yrigoyen invita a la comunidad al acto de descubrimiento de la placa en homenaje al primer intendente electo por voto popular de nuestro distrito, Don Osvaldo Arpigiani. Sábado 14 de noviembre a las 10 horas en el palacio municipal.

 
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