“Tenía muy pocas referencias de los lugares a donde iba, salí a descubrir cosas. Fui resolviendo en el momento dónde parar, dónde entrar, en qué pueblito detenerme”, contó Caballín para iniciar el relato de la experiencia que vivió a lo largo de 5.500 kilómetros. Agregó: “Muchos me decían ´con el auto lindo que tenés, cómo vas a ir en moto´, pero no se puede comparar una cosa con la otra, es absolutamente distinto. En moto se siente la libertad total, el contacto con la naturaleza; es ágil, maniobrás en cualquier lado, te metés en cualquier lado; y después, la aventura”.
-¿Cómo fue que decidiste realizar tantos kilómetros en moto? ¿Habías transitado anteriormente una distancia semejante en dos ruedas?
-Lo venía pensando durante el año, hasta que decidí que sería Brasil el destino principal. Recorrí 5.500 kilómetros. Jamás había hecho un viaje así, he recorrido muy poco, y en moto fue la primera vez.
-¿Cuál fue el primer destino?
-Primero pasé por Chivilcoy, busqué un lugar sencillito, una parrillita y comí algo, y a la noche llegué a Gualeguychú, ciudad que me gustó mucho. Fui a la costanera, conocí gente del lugar; después conseguí una hostería muy piola, muy bohemia, y pasé la noche ahí.
Al otro día, luego de recorrer un poco Gualeguaychú y sacar varias fotos, cargó nuevamente el equipaje en la moto y siguió marcha; atravesó todo Entre Ríos, parte de Corrientes y llegó a Paso de los Libres. Anduvo un rato por el nuevo destino e hizo noche en un hotel.
A la mañana siguiente cruzó a Uruguayana, y volvió a Paso de los Libres.
De la ciudad brasileña dijo que “es muy grande, aunque para Brasil no significa tanto. Son increíbles sus rutas, el tránsito es un lujo, hay semáforos en todas las esquinas, es espectacular el orden”. En Uruguayana compró unos vestidos para sus hijas, los cuales, más adelante en el camino, quedarían como una de las ánecdotas del viaje: se les quemaron con el caño de escape de la moto.
-¿Cómo continuó el recorrido?
-Entré en Yapeyú, lugar donde nació José de San Martín, y visité las ruinas de la casa de este prócer. Luego fui a Puerto Iguazú. Ahí me quedé tres días recorriendo. Me gustó mucho, conocí gente, me hospedé en un lugar medio comunitario, con gente que andaba de aventura, como yo.
Estando en Puerto Iguazú no podía dejar de visitar las cataratas. Para ello tuvo que bajarse por un rato de la moto y tomar un trencito, caminar entre árboles y cruzar un puente, y al final del sendero “vi una cosa que nunca voy a olvidar en mi vida, una maravilla de la naturaleza”.
El viajero expresó que en las cataratas encontró más turistas extranjeros que en Brasil. Y como sabe un poco del idioma inglés, de lo que aprendió en la secundaria, entabló una breve conversación con ellos, especialmente con un nativo de Australia. Como justo en esa fecha se estaba jugando el torneo abierto de tenis en ese país, logró intercambiar palabras al respecto.
Antes de seguir con su siguiente destino, Caballín destacó que “Misiones es una belleza, una provincia hermosa. Anduve por unos caminos en el medio de la selva; de día no se veía, porque las copas de las plantas hacían sombra, así que había que andar con luz en la moto. Ahí ya entré a deleitarme con los paisajes”.
Paraguay
Llegó a Ciudad del Este, lugar netamente comercial. “Era una feria al lado de la otra. Me querían vender de todo. Un loquero de gente y de autos”, recordó Flavio Caballín. Aprovechó a descansar, y conocer algunos pueblitos paraguayos. Resaltó de esos lugares el buen trato de la gente, como también de los otros puntos geográficos que visitó.
Mais grande do mundo
Posteriormente decidió “meterle kilómetros a la moto”. Entonces hizo 650 de un tirón. Anduvo a 1.500 metros de altura, por distintas curvas y al borde de un precipicio. Así llegó a la ciudad de Curitiba, capital del estado de Paraná, donde durmió esa noche.
Al otro día llegó a la playa Matinhos, a unos 300 kilómetros arriba de Florianópolis; “una ciudad muy bohemia”. Allí no encontró a ningún argentino, y no le resultó fácil entablar conversación, ya que nadie hablaba en español.
De Matinhos empezó a bajar y fue a Guaratuba. Cruzó en una balsa, “con moto y todo”. En esa zona pudo apreciar mucha naturaleza cruda, mucha vegetación y animales.
Continuó descendiendo y paró en Camboriú primero y Florianópolis después. Ambas ciudades, y sus playas, le gustaron mucho. También la gente de Brasil en general. “Quiero destacar, más que nada, porque es una cosa que me impresionó, la calidez de la gente brasileña; es toda amable, solidaria, vos andás con un problema y se pierden una hora o dos para ayudarte; un lujo”, elogió Caballín. Agregó que no pensaba que el pueblo brasileño fuera así: “Una verdadera maravilla”.
Como apreciarán en el apartado siguiente, en todas las cosas siempre está la excepción que confirma la regla.
Rodadinha
“Cuando venía de Florianópolis, se me metió un auto en la ruta, tuve que frenar de golpe, había arena, la moto arrastró y me lastimé bastante una pierna. Si no hubiera tenido el casco me habría arrancado la piel de la cara”, describió el viajero lo que en el balance final se contabiliza como otra anécdota.
-¿Paró la persona del auto?
-No, no paró.
-¿Y qué hiciste?
-Destrabé una rueda que había quedado bloqueada y, de bronca, hice como 700 kilómetros más.
Ese trayecto, realizado al principio con un fuerte dolor y luego menos intenso, al costado del mar, lo trasladó a Río Grande. Hizo noche y fue al hospital para que lo atendieran por el golpe recibido en la caída.
Uruguay y el remolque
En Punta del Este, “una ciudad bellísima”, estuvo en las playas y en sus aguas “cristalinas, de color celeste”. Y en Montevideo le interesó más conocer la ciudad: “Paré en la avenida 18 de Julio, en el centro. Los montevideanos son tranquilos, buena gente; nadie anda apurado”. Entre otras cosas fue a ver algunos edificios, como la intendencia y la residencia presidencial, y compró unos habanos para su amigo Delfor Gorri.
Antes de emprender el regreso pasó por Colonia, donde también recorrió y conoció lugares característicos.
Cuando fue a Buquebus se encontró con que no quedaban pasajes para nuestro país, por lo que montó nuevamente la India Bajaj -que había empezado a fallar- y aceleró hasta Fray Bentos.
En un momento dado la moto se rebeló totalmente y no quiso seguir. Ahí Caballín se vio beneficiado por la solidaridad de un automovilista, que vino a compensar la que no había tenido quien lo dejó caído en terruño brasileño.
Un señor que iba con su familia en sentido contrario, pegó la vuelta y le preguntó: “¿Qué pasa, hermano?”. Al tomar conocimiento del percance, el buen hombre sacó una soga que tenía en el auto, ató con ella la moto y llevó hasta Gualeguaychú al hendersonense, quien evitó de esa forma pasar la noche a la vera de la ruta y sumó una nueva página al anecdotario.
La última noche antes de iniciar la cuenta regresiva, como estaba muy cansado y era tarde, durmió en una estación de servicio, sobre la colchoneta y con el bolso como almohada.
El regreso
Solucionado el problema en el vehículo de dos ruedas -una ficha eléctrica estaba en mal contacto-, Flavio Caballín empezó a desandar el camino para volver a Henderson. Entró en Luján, donde “cuando quise acordar me encontré con la basílica, imponente; nunca la había visto de cerca”. Continuó por ruta 5 y la siguiente escala fue Chivilcoy: “Volví al mismo bolichito donde había ido cuando salí, el primer día; la mujer no lo podía creer”.
Un par de horas más tarde, ese lunes 4 de febrero, la aventura iniciada el 17 de enero llegó a su fin, los 5.500 kilómetros habían quedado atrás, y el protagonista entregaba regalos y, con lujos de detalles, contaba lo vivido a su familia.
-¿Repetirías esta experiencia?
-Sí, toda la vida repetiría este viaje; es más, la próxima vez me iría un mes. Quiero conocer Bolivia, Perú, Venezuela; también el Caribe. Sin ninguna duda, fue una de las experiencias más hermosas que me pasó en la vida.
Aunque consciente de los riesgos que implica el hecho de transitar tantos kilómetros en moto, aseguró: “Por evitar correr riesgos no me voy a quedar toda la vida quieto en el mismo lugar, no es mi naturaleza. Prefiero correr algún riesgo pero salir”. De todos modos, para reducirlos, previo al viaje conversó y se asesoró con Carlitos Martín, quien tiene experiencia en realizar trayectos en dos ruedas.
-¿Y para cuándo con la familia?
-Con la familia, en auto. Para este tipo de viajes hay que estar preparado. Hay que dormir en una colchoneta, por ejemplo; uno está acostumbrado, porque ha viajado a dedo en la época de estudiante, pero con las hijas es distinto.
Como mensaje final, Flavio expresó: “A esos que me decían para qué iba a padecer yendo en moto teniendo un auto tan lindo y confortable, se los recomiendo; es una experiencia maravillosa, en moto se siente la libertad, y conocés mucha gente linda”.
Nota: María José Cuadrado