02-03-2013 13:24 |
Compartimos el segundo cuento de ficción de esta edición limitada. Como dijimos la primera vez, la abuela Pipa habrá de inspirarse algunas veces en hechos ocurridos en el pueblo que ustedes envíen por correo electrónico, los que utilizará como ingredientes y luego condimentará con su imaginación. Hoy compartimos Festival de canes
Festival de canes
Como sucedía con bastante asiduidad, ese domingo estaba todo ajustado para una nueva función: el camión regador había colaborado para dejar en condiciones el escenario ubicado cerca del cementerio; la gente, entrada en mano, estaba expectante; y los protagonistas, preparados… listos… ¡ya!
Transcurrieron los tres primeros actos y la escena se repetía: algunos rostros alegres y otros no tanto en las plateas; los principales actores yendo y viniendo, dejando hasta el último aliento en cada pasada; y sus representantes calculando si al fin de la temporada iban a necesitar bolsillos con doble costura.
Después de un intervalo de veinte minutos continuó el espectáculo. El público se acomodó nuevamente en sus respectivos lugares y los protagonistas salieron al ruedo para llevar adelante lo que les quedaba de libreto y cumplir una vez más con la representación de este grotesco criollo al aire libre.
Siguió todo bajo control hasta la última escena. Cuando ésta promediaba, el actor principal cayó inconsciente sobre el largo escenario. En medio de la conmoción general, un médico presente en el lugar trató de salvarle la vida mediante todo tipo de reanimación cardíaca. Fue en vano: el corazón del experimentado artista, el recordado “Galgo”, no resistió.
El funesto episodio ocurrido ese domingo trajo aparejado que estos espectáculos se suspendieran por un tiempo. Los comentarios entre los vecinos y los puntos de vista de las distintas autoridades estuvieron divididos. Algunos fueron en consonancia con una ley nacional que los prohíbe, y otros, en cambio, coincidieron en que tenían que seguir realizándose. El argumento utilizado por estos últimos para fundamentar su postura fue que parte de lo recaudado con estos sainetes se destinaba a comprar insumos para el hospital del pueblo.