03-02-2013 11:21 |
Una vecina contaba a otra que su esposo había dejado la bebida y, en agradecimiento, ella llevó una ofrenda al santuario del Gauchito Gil. Alguien escuchaba la conversación y no dejó pasar por alto tamaña confesión
Bastante cercano en el tiempo, varios vecinos estaban parados, aguardando su turno para abonar lo comprado, en la fila que se dirigía a la caja de un comercio de nuestro pueblo. Como ocurre en muchos de estos casos, si tienen cierta afinidad entre sí, cada persona conversa con la que tiene atrás o adelante, para hacer más llevadera la espera.
Se ve que en esta oportunidad las dos mujeres se conocían mucho y se tenían mutua confianza, pues ambas contaban hasta cosas íntimas de sus vidas.
Detrás de una de las damas se encontraba un hombre, conocido en el pueblo por haber descarrilado mal en el tren de la bebida. Había comprado únicamente dos botellas de vino y estaba en la cola sin hablar con nadie, solamente escuchaba atentamente la conversación de las dos señoras.
Siguiendo con las confesiones, y ya cerquita de la caja, una de las vecinas contó a la otra lo contenta que estaba porque su marido, alcohólico por muchos años, había dejado definitivamente la bebida, de un día para otro y sin ningún tratamiento médico. Agregó, ante la alegría de su interlocutora, que ella, en agradecimiento por la enorme fuerza de voluntad con la que fue bendecido su esposo, había comprado en La Cava una botella del mejor vino y dejado la misma, como ofrenda, en el santuario del Gauchito Gil.
Inmediatamente después de oír esto, el hombre de atrás apretó contra su cuerpo con el brazo izquierdo las dos botellas que llevaba encima y con el dedo índice de la mano derecha tocó suavemente la espalda de la mujer. Esta giró su cabeza y entonces el caballero etílico, con los ojos luminosos, espetó: “Disculpe... ¿la dejó en el que está cerca de la rotonda o en el otro…?”.