27-01-2013 14:38 |
La historia que contamos hoy pasó hace muchos años en la vecina localidad de Magdala, y tuvo como protagonistas a dos chicos muy traviesos, el policía del pueblo y el padre de uno de los chicos, que quiso darle una lección
El “Negro” y su amigo andarían por los once años (hoy ya pisan los 70) cuando se metieron en el terreno de la casa de una vecina para sustraer los apetitosos duraznos que aún la señora no había sacado de la planta. Pero la mujer los vio y avisó al padre del Negro.
El hombre, cuya casa estaba al lado del salón de baile, no fue directo a castigar al muchacho, sino que, como justo en ese momento estaba con el policía del pueblo, se le ocurrió que podría darle un escarmiento.
“Con ésta lo curo”, habrá pensado don Luis cuando le propuso al policía que llevara a su hijo y al amigo un rato a la comisaría, y les hiciera creer que estaban presos por robar duraznos.
Y así lo hizo el agente, que encontró a los chicos en la calle y los llevó a la comisaría, diciéndoles que debían ir al calabozo por la sustracción de las frutas de la vecina, quien supuestamente los había denunciado.
La parodia duró una tarde, y sobre el anochecer el policía liberó a los traviesos con el objetivo de que se fueran a sus casas, donde seguramente vendría la segunda reprimenda. Pero lejos de amilanarse con la lección en la dependencia policial, los chicos sólo pasaron por sus casas y se dirigieron al galponcito de las herramientas donde se muñeron de un arma letal.
Así volvieron a la casa de la vecina donde estaba la planta de duraznos y, lisa y llanamente, se la derribaron a hachazos. La venganza por haberlos hecho pasar la tarde en la comisaría fue terrible.