06-01-2013 09:31 |
Tadeo Cruz había prometido enviar otra de sus crónicas paisanas en cuanto su cargada agenda se lo permitiera. Y el hombre cumplió. Así que a continuación compartimos un nuevo capítulo de esta historia que gira en torno al Gallego Bolazona y su condición de representante visible y destacado del mundo paisano de nuestro pago. Y también de sus esfuerzos y acciones por la defensa y valorización de un universo cultural y social que se va perdiendo
La vuelta de Bolazona. Crónicas paisanas de la llanura centro-oeste bonaerense
Es fines de agosto. Siempre la salida del invierno es el peor momento para los animalitos. El Gallego Bolazona anda de un baldío a otro atando a soga su viejo colorao, que apenas encuentra algo de gramilla seca. Lo ayuda con un poco de avena y unos granos de maíz.
Una de esas tardes, cuando volvía con el pingo de tiro por la última calle del pueblo, casi lo atropellan unos galgos que salieron inesperadamente de un juncal en el bajo lindante, persiguiendo a una liebre. Cuando se cruzó con los cazadores, se paró a charlar y a mirar los perros. Contó que hasta los 56 años supo andar de liebrero; que llegó a tener doce galgos, a los que hacía correr de a 4 o 5. Que a veces cazaba en yunta con Morungu Sayala, quien tenía otros tantos y solía llevar una galga atada a la que soltaba cuando los otros perros ya tenían a la liebre gambeteando, para que ella la agarrara. Contó también que solían andar mucho por la estancia La China, para el lado de Vega. Laceando y con perros, agarraban 60 o 70 liebres por día, incluso llegaron a las 80 en alguna ocasión.
Según dijo, las cosas se fueron complicando cuando la hacienda de invernada empezó a reemplazar a las vacas de cría en los campos de la zona, hará unos 25 o 30 años. Los novillos son muy curiosos y siguen, todos juntos, a veces con corridas y estampidas, a los perros y a las personas haciendo un gran alboroto. En una de esas ocasiones el Gallego tuvo un altercado con un encargado, que al ver el movimiento de los animales desde el casco de la estancia, se le vino al humo con malas maneras y amenazas y tiró un cargador de su carabina a los perros mientras corrían una liebre. Bolazona echó mano a la cabo blanco que llevaba a la cintura y se le fue encima, pero un puestero conocido pudo calmar las cosas. Desde ese día, por temor a que le maten algún perro y a perderse por un momento de bronca dejó de cazar y de criar galgos.
Los cazadores de liebres, como los gauchos, son hijos de la pampa, habitantes criollos y furtivos de la llanura. Nacieron y crecieron en alguna estancia o en las orillas de los pueblos, pero siempre han andado medio a las escondidas o tratando de pasar desapercibidos para que no los echen de los campos. Tal vez los liebreros hayan sido más furtivos aún que los gauchos, porque a muchos de éstos, como peones, se los aceptó y se los acepta en las estancias, mientras que los cazadores no son peones de nadie y no se los acepta en ningún lado.
Hoy la mayoría de los novillos se engorda a corral, y de entre las cosas criollas que se van perdiendo en la pampa, como los caballos, las vacas y los paisanos, también los liebreros (igual que peluderos y nutrieros) son cada vez más una ausencia. No quedan retazos de llanura en que se puedan guarecer. Incluso los terrenos o baldíos más marginales de las afueras de los poblados se han valorizado con los cultivos transgénicos. Hasta la quinta La Polvareda, el viejo campo de jineteada, por donde suele andar Bolazona, allá donde termina el barrio Las Ranas, atrás de la esquina con el bajito y los juncales, se siembra de soja y no ha quedado ni un solo palo de los corrales y menos los palenques.
Y ello ocurre a pesar de América y su condición india (de donde viene la herencia criolla), que nada tiene que ver con cálculos e intereses económicos. Es por esa condición que Kusch nos dice: “América ha sido pensada para perjudicar los intereses de los economistas, simplemente porque la economía no es pensada en términos americanos”. Siguiendo sus ideas, podría decirse que la tradición criolla, lo criollo americano e indio, “no prefiere objetos sino rituales” o costumbres, a diferencia de la tradición proveniente de Europa, que hace “inventarios” de los objetos, “los estudia, los distingue como objetos y hasta elabora un tiempo y un espacio para ellos”; los acumula, se apega a ellos y los adora.
Que América es india lo sabemos por Yupanqui: “América es el largo camino de los indios/ellos son estas cumbres y aquel valle/esos montes callados perdidos en la niebla/y aquel maizal dorado y el hueco entre las piedras y la piedra desierta/desde todos los sitios nos están contemplando los indios/desde todas las altas cumbres nos vigilan/ha engordado la tierra con la carne del indio/su sombra es sentimiento de la noche de América/ … /donde quiera que vamos está presente el indio/lo respiramos, lo presentimos andando sus comarcas”.
Sabemos también que, aunque criollos y americanos, ha habido paisanos que más que las costumbres y los rituales han procurado tener y acumular objetos (sean caballos, vacas o celulares y vehículos). De modo que la cultura del “inventario” está también en los orígenes, aunque con condiciones menos favorables que las actuales.
De entre los perros que salieron del juncal esa tarde hubo uno que llamó la atención a Bolazona: era parecido al Flecha, el mejor galgo de su cría. Hijo de una perra negra suya y de un perro atigrado, que de Córdoba había traído el Ruso Jeremías. Ligero para la liebre y baqueano para el avestruz. El Gorra Blanca lo había elegido de entre todos los cachorros de la camada. Una madrugada, después de un viaje en camión de unos paisanos vecinos que hacían una mudanza a unos puesteros para el lado de Dudignac, el perro desapareció misteriosamente. Nunca se supo qué pasó, pero cuando uno de esos vecinos enfermó, el Gorra Blanca le negó su solidaridad (no quiso donar sangre).
Finalmente Bolazona rumbeó para el boliche La Fraternidad a cumplir con el ritual de la caña de las tardecitas. Aunque se lo puede ver colorado y con los ojos vidriosos, no pierde la compostura y presume de saber tomar. Allí encontró jornaleros, paisanos y liebreros de otras épocas y de los que aún andan con esas cuestiones. Pensó que el boliche era el lugar donde revivían un poco los tiempos idos, los rituales y las costumbres de la pampa de antes. Aunque también pensó que esos lugares suelen ser mal vistos y como algo improductivo. A estas ideas, Gorrialeguín contesto con algo de Kusch: “Desde Sarmiento hemos pensado que hay que educar al soberano. Pero no era así, el soberano en momentos críticos encuentra, muy a pesar nuestro, su caudillo a quien educa y a quien impone a los pequeños grupos de economistas utópicos”.
Le pidió que aclare lo dicho. Gorrialeguín manifestó que siempre hay quienes pretenden decirle al pueblo lo que tiene que hacer y cómo debe vivir, pero que raramente son capaces de ponerse en su lugar y de conocer su verdadera situación y necesidades. Entonces Bolazona lo asoció con el Pepe Larralde, cuando dice: “Es fácil mirar de arriba/cuando abajo no se estuvo/el lechuzón por ojudo lo mira desde el alambre, pero va a matarse el hambre a la cueva del peludo”.