16-12-2012 16:48 |
La historia de hoy pasó hace ya muchos años con un hombre cuya ilusión era conocer la cancha de River y presenciar un superclásico. Pero cuando pudo concretar el sueño las cosas no salieron como esperaba
Ya andaba por los cincuenta de su agitada vida de albañil cuando se le dio la oportunidad. Iba a visitar unos parientes cerca de la Capital y justo para esa fecha se jugaba en la cancha de River un partido entre su amado club y Boca Juniors.
Era el viaje perfecto. Una vez instalado averiguó bien el camino a la cancha y aquel domingo bien temprano partió hacia el estadio, que todavía no era el refaccionado Monumental del Mundial 78.
Cuando llegó a las inmediaciones adquirió la entrada y nunca supo ni por qué ni cómo se confundió de ingreso, y cuando quiso darse cuenta ya era tarde. Estaba siendo arrastrado por el conglomerado boquense casi hasta el corazón de La 12.
No pudo salir, y desde esa incómoda posición, rodeado por los colores que odiaba, debió ver el partido. Cuando River hizo un gol se vio obligado a atragantarse el grito, y debió hacerlo de prepo cuando Boca empató y después hizo otro gol.
Gesticuló cantos que no sabía, y al cabo de 90 minutos terminó con su calvario, arrepentido de haber elegido aquel domingo para ir a ver a los colores por los que sentía una pasión inexplicable. Al regresar a Henderson les contó a los amigos: “Los porteños están todos locos, y si alguno se avibaba que no era de Boca me mataban. No voy nunca más”.