09-12-2012 16:44 |
Hace muchos años un circo se había instalado en el pueblo. Como sucede siempre en estos casos, se requirió gente del lugar para realizar distintas actividades, desde armar la carpa hasta repartir volantes. Y corajudos nunca faltan…
El protagonista de esta historia concurrió para ganarse unos pesos en el armado de la imponente lona. Una vez finalizada esa tarea quiso seguir vinculado al circo, pero ahora en la parte artística. Convenció a los propietarios de sus habilidades y fue incluido en el staff.
Entonces, el vehículo que recorría las calles hendersonenses promocionando el espectáculo, además de mencionar por el altoparlante todos los números habituales, había incluido en el programa a Carlitos: malabarista, acróbata, humorista y poseedor de otras cualidades más.
Llegó el día del debut y las sillas de chapa y madera ubicadas en el interior de la carpa estaban ocupadas en su totalidad.
Antes de comenzar la función, el maestro de ceremonias dio la bienvenida a los presentes y anunció las atracciones para esa noche. Entre ellas, mencionó a “Carlitos, un amigo de todos ustedes, malabarista, acróbata, humorista… pero que, por razones de fuerza mayor, hoy cumplirá tareas de caramelero…”.
Acto seguido ingresó el “artista”, con el brazo izquierdo vendado y un cajón de madera colgado del cuello -sostenido por una correa de cada lado- repleto de caramelos, pastillas, chicles, alfajores, chocolatines y semillitas de girasol.
De caradura, nomás, Carlos había exagerado sus escasas habilidades para que lo conchabaran las autoridades circenses; pero, consciente de que su mentira se iba a descubrir rápidamente, decidió inventar también que se había doblado la muñeca y no iba a poder desplegar su “talento”.
No se sabe si los dueños del circo creyeron esa excusa o si, a sabiendas, el muchacho les cayó en gracia y decidieron igual tenerlo en sus filas. Lo cierto es que Carlitos, muy “piola”, se dedicó a vender golosinas durante todas las funciones que el circo representó en Henderson.