02-12-2012 14:40 |
La historia de hoy transcurrió en el Centro de Estudiantes Universitarios de Henderson en La Plata, cerca de fin de año, cuando todos los muchachos se juntaban para un asado con algunos invitados. El asador no terminó bien y un invitado riojano que tocaba la guitarra erró el cálculo y lo pagó el instrumento
Coqui se ofreció, solícito como siempre, a hacer el asado de aquella noche especial de noviembre, cuando ya el año universitario daba las hurras y las noches invitaban a la larga sobremesa al aire libre.
Con las compras comunitarias realizadas, la buena dosis de damajuanas de Parrales de Chilecito a resguardo en la heladera industrial para que tomaran un poco de frescor, y la mesa armada en el patio trasero, el asador preparó todo, y comenzó con la faena al tiempo que el calor lo “obligaba” a hidratarse. Con vino, claro.
Ya para cuando la carne y los chorizos estaban a punto, el muchacho se sintió algo afectado por los efectos etílicos y decidió recostarse un rato, delegando el mando del asado en otro compañero. Dormía en una cucheta de arriba en una pieza de la punta del primer piso. A la hora de servir su compañero de pieza lo fue a buscar y lo encontró en el piso con un tajo en la frente. “Me caí de arriba”, le dijo. Se había dado la frente contra uno de los esquineros del tablero de dibujo que tenían en la habitación.
Esa misma noche, uno de los muchachos había llevado a la cena a un compañero suyo de periodismo que tocaba la guitarra. De origen riojano, el barbado estudiante, era un buen cantante y guitarrista, también apegado a los placeres de Baco. Entre trago y trago, entre tema y tema, la noche se animó, y quienes habían comprado el vino no escatimaron en cantidad, aunque tampoco quedaron remanentes.
El asunto que el cantante tenía dificultades para mantener la vertical y el pasillo de salida no le resultó lo suficientemente ancho para él y el instrumento. En un momento dio un extraño giro y le pegó con la guitarra enfundada a una esquina de pared. Se sintió un ruido seco y el lamento del riojano. Abrió el estuche y vio que parte del fondo del instrumento se había despegado del resto de la caja. Casi con lágrimas dijo: “Me han yoto la guitaya”.