11-11-2012 12:19 |
Seguramente todos nos hemos confundido alguna vez y hemos saludado a una persona creyendo que era otra. Es natural, y no hay por qué preocuparse. Lo que no es habitual es equivocarse de destinatario y realizarle una broma tampoco muy usual
Transcurría la década del 80. Contiguo a la clínica San Luis, sobre diagonal Hipólito Yrigoyen, vivía un vecino conocido como Ventura Vicente. El hombre acaba de sacar ese día su coche del garaje y estacionarlo frente a la casa. Justo cuando estaba maniobrando para dejar bien ubicado al rodado, vio que delante suyo otro automovilista estaba haciendo lo propio. Agachó un poco la cabeza para ver mejor y se dio cuenta de que era un conocido suyo, una persona con la que tenía mucha confianza.
Vicente esperó en el interior de su vehículo a que el conductor de adelante terminara de estacionar y bajara para ir y jugarle alguna broma. Efectivamente, el hombre morocho y de mediana estatura descendió del habitáculo con un portafolios y se dirigió al baúl del auto. Abrió la puerta del mismo y se inclinó para extraer unas cajitas que parecían contener medicamentos.
El bromista pensó "ésta es la mía", salió apresuradamente de su automóvil y se dirigió a mofarse de su viejo conocido. Tomó dos pasos de carrera y... ¡bum!... le propinó un tremendo derechazo en el tujes que lo tiró de cabeza dentro del baúl.
Cuando la víctima pudo incorporarse nuevamente y se dio vuelta enfurecida, don Vicente se percató del grave error que había cometido: a quien acababa de embocar con el mocasín era un visitador médico que llegaba a la clínica de Riccioppo. Rojo de vergüenza, sólo atinó a balbucear: "Perdoname, te confundí con el Negro Jaimarena...".