-¿Qué recuerdos tenés de tu infancia en Henderson? ¿Te acordás de algunos de tus compañeros de la primaria?
-Tengo los mejores recuerdos, vivir en un pueblo en esa época era bárbaro. Cruzar atrás de la vía a jugar al fútbol; se armaban partidos todos los días. Compañeros, un montón: el Semilla Santillán, el Picky Gallo, el Tino López. Los recuerdo a todos, pero si te los enumero se llena la página de compañeros.
-¿En qué año terminaste la etapa secundaria en Henderson y en qué colegio?
-Terminé en 1989, en el Colegio Nacional, a la mañana.
-¿Recordás a algunos de tus compañeros de curso?
-Siií, y que seguimos en contacto hasta ahora: Cristian Frabiani, Osvaldo Fillia… Y también a los que ya no estén, como el gordo Manso, Analía Santos.
-¿En qué año te fuiste de Henderson y por qué?
-Me fui al año siguiente, en el ´90. La razón fue ir a estudiar medicina a La Plata. Me acuerdo de que ese año inauguraron el curso de ingreso, y nos mataban. De 2.500 entraron 400.
-¿Te costó adaptarte a La Plata?
-Y, fue un cambio grande. Pero al vivir en el Centro de Estudiantes de Henderson lo hizo mucho más fácil, estaba con mis vecinos, prácticamente.
-¿Qué anécdota recordás más de tu estadía en el CEUH?
-Hay muchas, pero recuerdo una ni bien entramos a vivir en el CEUH. Compartíamos la pieza con Osvaldo (Fillia), y usaba un pijama bastante "pintoresco", je; una noche irrumpieron en el dormitorio, con el libro de actas, el presidente en esa época, Marcelo Gallo, el tesorero, Oscar De Antón, y Gustavo Miguel, a incautar dicha indumentaria, por considerarla que atentaba contra las costumbres y las normas que allí imperaban... Por supuesto, con caras de póker, hasta que soltaron la risa... Nos divertimos mucho.
-¿Qué hiciste una vez que te recibiste de odontólogo? ¿Dónde estuviste antes de recalar en Mar del Plata?
-A la semana de haberme recibido, a través de un aviso que se publicó en el diario "El Día” notificando que necesitaban odontólogo en Comodoro Rivadavia, como buen kamikaze, me mandé. Llamé por teléfono y la vacante estaba cubierta. Esto fue un lunes, el miércoles el colega había renunciado, entonces volvieron a contactarse conmigo para decirme que tenía pasaje en avión desde aeroparque para el viernes. El sábado estaba trabajando en una clínica de Comodoro, así que no lo podía creer. Por supuesto, ese mismo sábado entré en una librería para comprarme un mapa y averiguar qué tan al sur del país estaba.
-Si hubiera hendersonenses a los que les gustaría irse allí, ¿les aconsejarías que lo hicieran? ¿Por qué?
-No soy de aconsejar, porque eso va mucho en la idiosincrasia de cada uno, pero Comodoro a mí me gustó; luego pasé un tiempo por Zapala, y estuve trabajando un año y medio antes de venirme a Mardel.
-¿Solés encontrarte con hendersonenses que viven en Mar del Plata?
-Sí, hay mucha gente de Henderson acá.
-¿Preferís la ciudad en el verano o en el invierno, sin turistas?
-Buena pregunta, pero, como te imaginarás, Mar del Plata es la ciudad turística por excelencia de la costa atlántica; y en el verano es la capital del país, sobre todo en enero. Mucha gente, pero bueno, también se puede disfrutar. La respuesta a la pregunta es: la prefiero en invierno.
-¿Cómo se compone tu familia?
-Por ahora somos dos: mi señora, Soledad, y yo.
-¿Hiciste amigos rápidamente?
-Sí, sobre todo porque entré a trabajar en una clínica odontológica grande y conocí muchos colegas que ahora son mis amigos. Bueno, también a mi señora la conocí ahí.
-¿Estás al tanto de lo que pasa en Henderson?
-La verdad, cuando me comunico con mis viejos me cuentan algo, pero me gustaría saber más.
-¿Tenés contacto con gente que vive en el pueblo -además de tu familia-, por medio de las redes sociales u otra vía de comunicación?
-Poco contacto. Sí con mi amigo que vive ahí, que es Cristian Frabiani.
-¿Con qué frecuencia visitás Henderson? ¿Cuándo fue la última vez que estuviste? ¿Sabés cuándo vas a viajar nuevamente?
-No mucho, dos o tres veces al año. Me gustaría ir más, pero, por razones laborales, se me hace difícil. La última vez que fui fue por un vecino, un amigo de toda la vida, que falleció en el invierno: el Quito González. La verdad que ese día fui y vine en el día, pero lo ameritaba porque era de esos vecinos entrañables, únicos, que se extrañan. Siempre me va a quedar la imagen del Quito sentado en una silla que sacaba a la vereda y una gomera con piedritas para espantar a los perros que se le metían en el gallinero; a propósito, con una puntería envidiable... a pesar ya de sus años.