Compartimos el trabajo de Pablo MartÃnez, uno de los ganadores de XIII Café Literario
Quisiera agradecer las largas siestas de mi viejo pegado su rostro en alguna página de un libro muy gordo, “La democracia en América Latina” de Alan Rouquie, las exquisitas comidas de mi madre y mis vecinos ( los pasteles de Maruca) que llegaban indefectiblemente los días lunes al CEUH, a mi compañera de la vida y correctora de lo que escribo, Alejandra, a mis dos soles Constanza y Julia, que alientan mis historias. A la EEM N° 1 Y su proyecto Café Literario que me ha honrado con este premio.
Y a mi otra familia, a la amada familia del CEUH (Centro de estudiantes Universitarios de Henderson), casa donde circularon por mis manos los textos de Galeano, Jauretche, su Manual de la zonceras argentinas, Borges y su libro de arena, los textos de Oscar Wilde, Roberto Arlt, donde manifestaba que venceremos, los que somos aficionados a la escritura, por la prepotencia al trabajo. El recorrido por la ciudad de la plata entre los tilos, recorriendo las bibliotecas de la estación de trenes, entre cumbias y saludos. Y la posibilidad de ver, escuchar y saludar a personas que enriquecieron nuestra vida cultural como: Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sábato, Umberto Eco, Osvaldo Bayer, León Rozichnert, León Gieco. Las hermosas tardes en el Cine de seguros Rivadavia o en instituciones donde gratuitamente podíamos ver películas de Fellini, Passolini, Leonardo Favio, Antín, y tantos otros.
Esto no ha sido más que un cuento, me he tomado las licencias literarias del caso, pero creo que hoy, más que nunca, hay que retomar, leer y reflexionar sobre las ideas matrices de nuestra historia para continuar debatiendo que país queremos.
Este premio se lo dedico a los gloriosos estudiantes del CEUH, a la histórica casa, y reclamo desde aquí que el municipio de Hipólito Yrigoyen refaccione la misma con los 400.000 $ que nos entregó la Presidenta de la Nación Argentina Dra. Cristina Fernández de Kirchner para tal fin.
Por último el agradecimiento a una persona apasionada por documentar y guardar , ese archivista que me los ha cedido gustosamente: Jorge Ledesma.
A los vecinos de Hipólito Yrigoyen el agradecimiento por brindarme un espacio para vivir, EL CEUH. Gracias.
Comparto con Uds. y sus lectores mi cuento "Los Bustos".
Atte.
Pablo E. Martínez
LOS BUSTOS
Quisiera aclarar que ni usted ni yo como personas somos bastante asunto para distraer la atención pública, pero como tendremos que compartir nuestra póstuma vida en esta tierra, aunque más no sea en la piedra y en el mármol, le diré algunas palabras.
No espere usted de mí sino una crítica alta, digna, respetuosa. Nada tengo que hacer con su persona sino tributarle respeto. Como en su tierra, la primavera acaricia las puertas de este pueblo que hace un año se siente libre.
Hace apenas dos días, en este septiembre del ‘61, interrumpiendo la siesta de los parroquianos, le realizaron a usted un homenaje. Asistieron los alumnos de escuelas, los maestros, autoridades y personas del pueblo que llenaron todo el centro de la plaza. Celebraron un acto al que dio brillo una banda infantil, de un pueblo tierra adentro de la provincia, que lleva su nombre. Sepa usted, con quien tantas veces batallé desde mi pluma, que es el primer homenajeado de este pueblo autónomo.
El padre Pablo con su puntualidad nórdica, su negra vestimenta y su acento polaco bendijo el parquecito, que disfrutarán los niños. Luego se descubrió su busto, con gesto adusto, duro, de un amarillo oro que impacta las pupilas de quienes lo admiran. No he podido olvidar las palabras de la maestra que lo saludó aquel día: “…Su figura se ha agigantado tanto que el espíritu se sobrecoge de admiración al evocar su talla. Pareciera que el Ande abrupto de su San Juan natal le hubiera insuflado su contextura de piedra…”.
“…Todo su tesoro, su pobreza salvadora de predestinado, lo defendía; pero no era la indigencia deprimente del mendigo, sino la del león en la selva, sus zarpazos eran desgarradores y definitivos.”
Ciertamente, era como ella lo describía, su palabra era violenta, agresiva, irritante.
Desde el otro lado de la plaza, yo, con mi saco y mi moño de mármol, le gritaba que siga, que siga con el discurso, que complete el homenaje, que salgan de su boca las palabras que usted escribió en los aciagos momentos de la formación de la República: “Quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los salvajes por quienes sentimos sin poderlo remediar, una invencible repugnancia”. Pero nadie escuchaba, quizá el santuario de la iglesia donde reposan las oraciones de las tranquilas tardes, frenaba mis palabras.
Agitaba desde mi silueta, blanca, inmaculada, la carta que usted le envió, hace cien años, a su amigo Mitre donde le decía en un lenguaje ciertamente bárbaro “…no trate de economizar sangre de gaucho. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes”.
Años más tarde, usted insistiría, en un discurso en el Senado: "Cuando decimos “pueblo” entendemos los notables, activos, inteligentes: clase gobernante. Somos gentes decentes. Patricios a cuya clase pertenecemos nosotros, pues, no ha de verse en nuestra Cámara ni gauchos, ni negros, ni pobres. Somos la gente decente, es decir, patriota".
Paradojas de la vida. En este pueblo rural le tributaron un homenaje a usted, sí, a usted, que identificó el interior, lo rural, con el atraso, con la barbarie. ¡Cuántos desfiles de gauchos tendrá que ver rodeando esta plaza celebrando cada fecha patria!
¿En qué noche oscura gritará desde su mármol aquello que le dijo a los terratenientes de la Sociedad Rural, cuando le criticaron la fundación de colonias de agricultores aquí nomás, en Mercedes y Chivilcoy?: “Nuestros hacendados no entienden jota del asunto, y prefieren hacerse un palacio en la Avenida Alvear que meterse en negocios que los llenarían de aflicciones. Quieren que el gobierno, quieren que nosotros que no tenemos una vaca, contribuyamos a duplicarles o triplicarles su fortuna a los Anchorena, a los Unzué, a los Pereyra, a los Luros, a los Duggans, a los Cano y los Leloir y a todos los millonarios que pasan su vida mirando cómo paren las vacas. En este estado está la cuestión, y como las cámaras (del Congreso) están también formadas por ganaderos, veremos mañana la canción de siempre, el payar de la guitarra a la sombra del ombú de la Pampa y a la puerta del rancho de paja”.
¡Qué cosa Sarmiento!, aquí nos ha puesto la historia, bah, más bien el hombre, a mí dentro de una escuela, y a usted ahí afuera, con el pueblo. Escuelas cuya creación en principio le critiqué. Pero en estos días veo cómo desfilan los niños por sus pasillos y aulas. Le confesaré que se los ve felices. ¿Y usted? Viendo cada día el rostro duro y las manos surcadas por la labranza de inmigrantes italianos, españoles, turcos. A sus hijos, a sus nietos. Se preguntará dónde están los habitantes del país del Norte y los ingleses que ambos esperábamos recibir en estas tierras.
Estas palabras no nacen del resentimiento, créamelo Sarmiento, no las pronuncio porque el día de descubrirse mi busto, donde el viento de agosto pegaba en mi cara, el presidente de la Cooperadora de la escuela se refirió a mí como el “jurisconsulto Constitucionalista Juan Bautista Alberdi, cuyo busto recordatorio termina de ser inaugurado.”
Sí, Sarmiento, sólo eso dijo de mí. Nada más. Yo que me alejé de los honores de la aristocracia y la intelectualidad para reconocerme en el pueblo, en los gauchos, en los indios, en los negros. No lo juzgo a aquel hombre. Sé que habló por la historia, lo leído, lo escrito. Aquella que escribió Mitre y los suyos y replicaron los libros y la prensa.
En el horizonte de esta pampa infinita, donde un lugar es igual a otro, escucho el sonido del tren.
Acaba de parar. En la estación Henderson. Frank Henderson. Sonría Sarmiento.
Figarillo