07-10-2012 12:19 |
Esto le sucedió a un estudiante, recibido ya hace más de diez años, cuando estudiaba en la facultad de Medicina de La Plata y vivía en el CEUH. Acostumbraba a hacer el trayecto a pie, y por eso aquella tarde no se dio cuenta del olvido
La ida y vuelta a pie desde el CEUH hasta la facultad de Medicina significan caminar unas 60 cuadras. El muchacho tenía que ir hasta la casa de estudios y casi siempre lo hacía a pie. Todavía no había comprado bicicleta y el colectivo era un gasto que evitaba para no comprometer su economía, que, como pasa con la mayoría de los estudiantes, siempre está al límite.
Esa tarde tenía que hacer un trámite rápido pero ineludible en esa fecha. Entonces, bajo el compromiso de que volvía enseguida, le pidió la bicicleta a un compañero de vivienda. “Pero mirá que la necesito a eso de las sies, porque tengo que salir”, puso plazos el dueño del rodado.
“Quedate tranquilo”, voy y vuelvo, dijo el ahora médico. Pero cuando llegaba la hora de partir y el muchacho y la bicicleta no volvían, el dueño se comenzó a intranquilizar. “Me dijo que volvía enseguida, que se anotaba y venía, y no aparece; siempre el mismo”, se quejaba el impaciente compañero ya aprontado para la salida.
Al rato, y cuando los nervios del dueño ya no resistían, el futuro galeno hizo su entrada a la casa lo más orondo. Lo curioso es que no entró con la bicicleta; y ahí nomás lo barajó el otro. “Ruso, por fin volviste, ¿y la bicicleta?”, reclamó.
“Uy, me la olvidé en la facultad, me vine caminando”, respondió, sin ponerse colorado. “La puta madre, voy a tener que volver a buscarla, no me acordé que había ido en bici”, agregó.
“¿Caminaste 30 cuadras y no te diste cuenta?”, se sorprendió el amigo, que lo quería matar, mientras concluyó que no tenía más remedio que irse a pie. Salieron juntos, porque el médico debió volver a la facu a buscar la bicicleta.