30-09-2012 13:18 |
Quien no recuerda, de aquellos que pasaron los 30, a don Miquelo vendiendo kerosene por las calles del pueblo, primero en con un carro tirado a caballo y luego en un Jeep al que enganchaba su cisterna con el logo de YPF y repartía el combustible para las estufas, además de detergente, solvente, lavandina y otros artículos de limpieza
La costumbre de Miquelo era parar en las esquinas y en su castellano italianizado convocar a las señoras de la cuadra a puro grito. “¡KEROSENE!, ¡KEROSENE!” vociferaba una vez que había estacionado el Jeep. Una de las paradas era en la esquina de Roque Sáenz Peña e Italia, frente a la casa de Zaldivar. Cuando Zaldivar estaba en el taller no se perdía oportunidad de bromear con el vendedor. Se asomaba y le gritaba “¡Miquelo!, con la lata de culo corto no, eh!”. “Este vasco, siempre el mismo”, decía el kerosenero, mientras evadía las preguntas de las señoras que le preguntaban qué le quería decir Zaldivar con aquello del culo corto. “Nada, nada”, salía del paso mientras preguntaba “¿cuántos litros va a llevar la señora?”. El grito desde el taller se solía repetir y a Miquelo no le quedaba otra que sonreír ante la clientela, mientras llenaba con kerosene sus baldes “a medida”, puesto que tenía uno de un litro, uno de cinco, uno de diez y otro de veinte litros. El tema es que ambos protagonistas sabían que los tarros no tenían el fondo pegado al piso, sino un poquito levantado. “Negocio del comerciante”, que le dicen. Uno porque los usaba, y el otro porque alguna vez se los había hecho.