23-09-2012 13:39 |
El muchacho, aún en edad de secundaria, pidió el auto al padre para el sábado a la noche e hizo méritos en la semana como para ganarse el derecho de tenerlo. A la vez aprontó todo con su chica para que aquella noche fuera distinta. No contó con la perspicacia del progenitor y pasó de apoteosis al papelón
El padre cedió el cuidado vehículo marca Ford modelo 80 y entregó al pibe unos pesos (australes en la época) para que éste sintiera que esa podría ser la mejor noche de su vida. A la noviecita ya la tenía medio convencida de abandonar el boliche temprano e ir a dar un paseo romántico por alguna calle poco o nada iluminada.
Dio algunas vueltas por el pueblo en el coche sintiéndose un señor, pasó por la esquina de la casa de la novia a las 11, como habían convenido, y dieron otras vueltas por el centro antes de entrar al boliche a danzar un rato con los amigos.
Mucho antes de la llegada de los lentos, entre arrumacos, convinieron seguirla en el auto. Las condiciones pintaban inmejorables para nuestro protagonista y su compañera. El auto enfiló hacia las afueras, pero el muchacho nunca se dio cuenta de que el marcador de nafta estaba al límite, ni se percató cuando el padre anticipó: “Unas vueltitas, nada más, y a casa, y nada de tomar en el boliche si vas a volver manejando”.
Cuando estaban llegando al destino estimado por el agraciado novio, el auto se paró y no quiso arrancar más. Allí se dieron cuenta de que se habían quedado sin nafta. Adiós a la velada romántica; los chicos volvieron a pie a buscar ayuda de un amigo. La chica después ya se quedó en su casa y el muchacho con el amigo concurrieron con el bidoncito a rescatar el Ford.
-¿Cómo te fue anoche? -preguntó en la mesa del mediodía del domingo el padre-.
-Bien -respondió entre dientes el muchacho, mientras pensaba con qué cara iría esa tarde a buscar a su amada-.