09-09-2012 09:17 |
La historia de de hoy pertenece a un hendersonense que, de paseo por la Capital, cumplió el deseo de su hijo más chico de pasear en subte. Lo tuvo entretenido un buen rato por unas pocas monedas y hasta se echó una siestita
Hombre de campo, reconocido en el pueblo por su tranquilidad y paciencia, solía viajar a la Capital Federal a atender algunos asuntos de su establecimiento rural y, de paso, hacer un paseo por la urbe.
El más chico de sus cuatro hijos nunca había subido a un subte, y la primera vez que lo hizo le encantó. Pero el paseo fue corto, apenas un par de estaciones. El chico se quedó con las ganas y le insistió a su padre que lo volviera a llevar a ese tren que se movía a gran velocidad por túneles subterráneos.
En cuanto pudo cumplir con el deseo del niño, el hombre se compró el diario y un par de cospeles, pasaron los molinetes introduciendo las fichas, y una vez en el interior del sistema, si no se sale de las estaciones, uno puede andar todo lo que quiera por el mismo precio. Buscó un vagón cómodo y se sentó a leer las noticias mientras el chico disfrutaba el paseo, bastante nulo de paisajes atractivos, por cierto.
El tren pasó todas las estaciones, llegó al final del recorrido, volvió, llegó a la otra punta, regresó, y otra vez desandó el camino en su monótono ir y venir de un punto a otro. El hombre leyó todo el diario y cuando estaba en los chistes le agarró un poco de sueño y dormitó un rato mientras el bólido iba y venía reiterando estaciones. Al cabo de más de dos horas de idas y vueltas, al chico lo abrumó la lógica monotonía y el aburrimiento de aquel trajín de ida y vuelta.
Dijo “papá, vamos”. Y cuando llegaron a la parada de la cual habían salido, y por la cual habían pasado ya más de una docena de veces, ambos se bajaron del convoy. El hombre chocho, entretuvo al pibe por más de dos horas y con sólo unos centavos. “Es más barato que llevarlo a la calesita”, reflexionó.