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La anécdota: un regreso a puro mangazo después del partido

12-08-2012 13:23 | 

Cuatro muchachos que vivían en La Plata decidieron ir a ver un partido entre Argentina y Australia en el Monumental. Pero a la entrada se separaron y dos de ellos tuvieron verdaderas dificultades para volver  

Uno de los cuatro, hincha de River, era asiduo concurrente al Monumental y fue el guía. Salieron juntos del CEUH a media tarde, porque aunque el partido de aquel miércoles era de noche había que llegar con tiempo. A pie hasta la terminal, micro hasta Retiro y colectivo a Núñez.  

Hasta allí todo como estaba previsto, pero el primer inconveniente surgió cuando se acercaron a la cola para sacar la popular. Demasiado larga. Calcularon que a ese ritmo no entraban antes que comenzara el match. “Vamos para el lado de las plateas que por ahí nos podemos mandar dejándole unos pesos al de la puerta”, dijo el que hoy es geólogo. “Vamos”, coincidieron los dos estudiantes de medicina y el de periodismo.  

El baqueano tanteó la zona y eligió un puesto de las entradas a la platea Belgrano. Explicó a los otros cómo debía ser la maniobra. Diez pesos enrollados en la mano, o doblados en cuatro como si fueran un tiket, dejados en la mano del que abría el molinete y ya está.   Pasó el primero, y demostró que no era tan difícil, luego fue el turno del hoy cardiólogo y también pasó. Había que esperar algunos minutitos para que pasaran espectadores con verdaderas entradas y encarar de nuevo.  

Cuando se aprontó a pasar el otro integrante del grupo que hoy también es médico, el control lo paró en seco: “No puedo me están vigilando, aquel de traje que está atrás, ¿ves?”. En efecto, los inspectores estaban más atentos que nunca.  

La desesperación se hizo cuerpo en quienes se habían quedado afuera y la hora del comienzo se acercaba inclaudicable. Decidieron entonces juntar la plata de los dos y sacar una platea. Aunque fuera la más barata (San Martín alta) les alcanzó justo. Para la vuelta pensaban salir un ratito antes y esperar a los compañeros en la entrada del puente peatonal que pasa por encima de las vías de la estación Núñez. Ellos tenían dinero para bancar la vuelta de todos y debían pasar indefectiblemente por allí, como otras tantas de las 70 mil personas que había en el estadio.  

Pasó el partido y el médico y el periodista apuraron la salida sobre el pitazo final, bajaron corriendo las escaleras y se pararon en la punta del puente a esperar. Vieron pasar gente largo rato pero nunca a sus compañeros, el flujo de espectadores demorados era cada vez menor hasta que ya no quedaba nadie y ni rastros del geólogo y el cardiólogo.  

“¿Dónde se metieron estos?” fue la pregunta resignada antes de analizar la complicada situación en la que se encontraban: en Núñez, casi a la medianoche, y sin un céntimo en el bolsillo.  

Comenzaron a caminar rumbo a Ciudad Universitaria cuando uno de los dos le habló de atrás a un policía que caminaba en la misma dirección. El efectivo se dio vuelta y al grito de “arriba las manos separen las piernas” desenfundó el arma y apuntó. Los palpó y recién después preguntó “¡Qué quieren!”. Casi tartamudeando, el estudiante de medicina fabuló que los habían robado, que estaban perdidos, y debían volver a La Plata.  

El policía los hizo subir a un colectivo y dijo al conductor “vienen conmigo”. Así llegaron a Parque Lezama, cerca de Retiro, donde pedirían a algún chofer de La Costera si les hacía la gamba de llevarlos o pedirían monedas para alcanzar los cuatro pesos del pasaje.  

Cuando bajaron del colectivo le preguntaron a una chica que bajó en la misma parada para dónde había que ir para llegar a la terminal. “Vengan, yo voy para aquel lado”, dijo con amabilidad la señorita, que en el trayecto de cuatro cuadras escuchó, otra vez de la boca del médico, la fabulada historia del asalto. Es que la verdadera no podía sensibilizar a nadie y se corría el gran riesgo de que los trataran de irresponsables y tontos.  

Dos cuadras antes de la terminal, la chica dijo “sigan dos cuadras derecho y llegan; ah, y tomen esto”, alcanzando un billete de cinco pesos que alcanzaba para los dos pasajes. Ellos dijeron que de ninguna manera, y ella insistió: les dejó el teléfono y se fue.  

La cosa mejoraba y ya había para llegar a casa. Ida la sensación de nervios por la dificultad de la vuelta, apareció el hambre. No probaban bocado desde la mañana, pero había que resignarse y el premio para el estómago llegaría como mínimo una hora después.  

El micro estaba lleno y debieron viajar en el pasillo, sentados uno atrás del otro en los escaloncitos que separan al chofer del pasaje. Una señora que venía en el primer asiento se puso a conversar con los muchachos y otra vez escuchó la historia del robo y demás.  

“¿Y comieron algo?”, preguntó la mujer. “No”, respondieron a coro los chicos. Ella sacó un paquete y lo cedió. “Son unos alfajores que les compré a mis nietos, pero tomen, cuando llegue les compro más”, dijo ella.  

Cuando llegaron a la casa los otros dos estaban durmiendo, pero los despertaron los gritos del periodista que se los quería comer. “Nos vinimos antes por miedo a que nos afanaran en la salida”, fue la respuesta.

 

+ A la edad de 90 años falleció Lilia Rossi. No se realiza velatorio. Sepelio: jueves 3 de septiembre a las 10.30 horas. Q.E.P.D.

 
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