29-07-2012 10:50 |
El hecho sucedió cuando todavía quedaban caminos rurales intransitables tras la recordada inundación de mediados de los 80. Los muchachos iban impecables para un baile en Mones Cazón, pero un percance los obligó a arremangarse los pantalones para poder seguir viaje. Uno sufrió más que el resto
El muchacho, estaba a la pesca de algún amigo con auto y con lugar para ir a un baile que prometía en Mones Cazón, cuando se cruzó con un amigo que ya tenía un lugar asegurado entre dos autos que partían hacia la vecina localidad. “¿Habrá lugar para mí?”, preguntó interesado, y esperó que llegaran los vehículos. Llevaba un impecable traje blanco, con el que buscaría hacer suspirar corazones allén de las fronteras hendersonenses.
Había un asiento en el Chevrolet 400 del padre de unos de los chicos, que ya por aquellos años soñaba con su prolífera carrera de medicina. Y allí se sentó la figura enfundada en blanco con una sonrisa propia de saberse entre los mejor vestidos del pasaje.
Todo iba bien en el viaje, entre bromas y expectativas por el baile, hasta que el conductor erró en una curva del camino de tierra que une a Henderson con Mones Cazón y siguió de largo por una calle anegada. Ni bien pasó la curva, el Chevrolet quedó encallado. Del auto que venía atrás bajaron rápido para auxiliar y enseguida comprobaron que no lo iban a poder sacar de tiro con el otro vehículo.
No había más remedio que empujar. Y para eso debían bajar todos los integrantes del Chevrolet. El muchacho de blanco se negaba. “Me voy a ensuciar todo”, decía. “¡Chili, bajate o te reviento a trompadas!”, gritó, sacado, Mario, que venía en el auto de atrás y que tiene el mismo apellido que el conductor del Chevrolet.
Y no le quedó otra al pasajero que bajarse, sacarse los zapatos, arremangarse un poco y emprender la fatigosa tarea de empujar. Pero ni bien lo tuvo a tiro, uno de los chicos fingió un tropezón en el empellón al auto y empujó al de punta en blanco, que trastabilló y cayó en un charco. El barro, que por cierto no tenía olor ni a romero ni a ninguna yerba aromática, quedó pegado en el pantalón ante los rezongos de su dueño.
Al auto lo sacaron y al baile llegaron bastante embarrados. De más está decir en quién se notaba más el percance.