15-07-2012 14:25 |
Cuatro amigos iban de vez en cuando a cazar liebres al campo de uno de ellos. Casi siempre regresaban al pueblo con no más que un par de perdices. En esa oportunidad la producción fue generosa y, por ende, sospechosa
Los amigos solían ir a cazar liebres al campo del padre de uno de ellos. Iban el sábado a la mañana y regresaban el domingo por la tarde. Pasaban la noche en una casilla de campamento que estaba adentro de un gran galpón.
Para capturar a los veloces mamíferos, los muchachos iban provistos de una escopeta y lazos. Al arma sabía usarla solamente uno de ellos; los otros tres se dedicaban a distribuir estratégicamente los alambres con las estacas.
En general, la cosecha era escasa, y a veces, nula, pero el grupo pasaba un divertido día de campo. Un buen asado, regado con un vino de poca monta, estaba a la orden del día.
Esa vez, un finde invernal de los años ochenta, el encargado de jalar el gatillo andaba errante con la puntería, por lo que apenas había reclutado un par de perdices, que fueron a parar al estofado del sábado por la noche.
El domingo pasado el mediodía, los amigos empezaron a ordenar los bagayos para pegar la vuelta al pueblo. Dejaron para el final el último recorrido por el campo para recoger los lazos. Mayúscula y grata sorpresa se llevaron los muchachos cuando vieron que no menos de una decena de liebres había caído en las trampas. Poco les importó que éstas no fueran las de ellos sino las de algún otro cazador que había coincidido en probar suerte en el mismo lugar.
No dudaron en dar cuenta de los animales y partir furtivamente de regreso en la desvencijada F 100 del dueño de la escopeta –hoy con alto cargo en el cuerpo activo de Bomberos-.
Los amigos llegaron al pueblo y fueron derechito a vender el producto de su avivada a una conocida barraca. Dividieron la ganancia y se juramentaron no decir una palabra sobre lo ocurrido.
Lo que no tuvieron en cuenta es que la persona damnificada los había junado –aparte de que sabía de quién era el campo-, por lo que el mismo domingo a la noche fue a tocar el timbre a la vivienda de uno de los pícaros que le habían sustraído la caza. El dueño de casa -y del campo- se hizo cargo de la deuda.
A pesar de la evidencia, el bombero y sus tres amigos negaron haber sido los autores materiales del hecho.