08-07-2012 15:20 |
Otra vez vamos a viajar a esos bailes rurales de mitad del siglo pasado, donde muchos se llegaban en sulky desde las chacras vecinas a los galpones del ferrocarril, donde generalmente se celebraban estos encuentros en aquellas estaciones vivas por el paso del tren. Bailes a los que también concurrían los muchachos de ciudad.
En esta sección ya hemos hablado de una vez que en Lavalle dos hermanos desarmaron un sulky y lo armaron dentro de una habitación con las varas hacia fuera y luego ataron el caballo. Y otra cuando, en otro baile de campaña, un par de muchachotes le pusieron al revés el caballo en las varas y cuando el paisano quiso emprender el regreso se encontró cara a cara con el animal.
Bien, ahora nos vamos a ir a un baile en María Lucila allá por mediados de los 50 cuando, una noche de primavera pero sin luna llena, es decir con la complicidad de las sombras, un grupo de jóvenes, que no encontraba la diversión necesaria al ritmo de la orquesta que entretenía al resto, decidió salir a ver si afuera había algo más entretenido. Entones no se les ocurrió mejor idea que enfilar para el palo donde estaban atados unos cuantos sulkys.
Intuyeron, no sin faltarles la razón, que a algunos de sus dueños los caballos los llevarían solitos a la querencia, debido a que por sí mismos se les dificultaría, por el contenido etílico. Y mucho más se les iba a dificultar tener que atar el animal de vuelta al vehículo. Entonces pusieron manos a la obra.
Desataron cada uno de los caballos, alrededor de una docena, y cambiaron a cada uno de sulky. Volvieron al salón como si nada hubiera pasado, y con unos tragos decidieron esperar el despunte de la madrugada y, con ello, la finalización del baile. Esperaron a que la mayoría de los concurrentes saliera en busca del regreso a casa para disfrutar de la maquiavélica broma.
Se armó un revuelo de hombres y mujeres alrededor de los sulkys, y a uno que había salido así como estaba, sin hacer control de su transporte y llevándose el caballo de otro, lo alcanzaron como a la legua, para el otro lado de su casa.