Andrea Acosta terminó la educación secundaria en 1987. Dos años después inició la carrera de enfermería, en Nueve de Julio. Paralelamente se puso de novio con Alfredo Deangelis, quien trabajaba en una estancia cercana, donde se criaban caballos de polo. El había entrado en el establecimiento con la promesa de que en determinado momento iba a continuar con su trabajo en el exterior. Cuando llegó ese momento, Andrea abandonó la carrera y el noviazgo se transformó en matrimonio. La pareja se casó en Henderson; “el 24 de mayo del ‘91”, dice ella, con precisión.
El viaje a la isla de Borneo, en el sureste asiático, se suspendió. Los cónyuges alquilaron una casa en Pehuajó y ya habían concebido a Johanna Soledad, quien nació en febrero de 1992. Cuando la primógenita tenía cuatro meses de vida, el patrón de Alfredo les avisó que ahora sí tenían que viajar.
Un mundo nuevo
“Ahí empieza mi historia. Con 21 años y una beba de cuatro meses, a 20 mil kilómetros de distancia de la casa de mis viejos. Yo era muy mamera; estaba en Pehuajó y me tomaba el colectivo casi todos los días para ir a mi casa. Los controles de embarazo me los hacía en Henderson. Me costó mucho adaptarme”, cuenta Andrea sobre su partida y el primer tiempo en el exterior.
El matrimonio Deangelis-Acosta se encontró con un mundo totalmente diferente, con idioma nuevo, mucho lujo y confort, un clima tropical, la playa muy cerquita. Andrea Acosta dice que allá no existe la violencia, la delincuencia y, tampoco, alcohol. Recuerda que “llegaba Nochebuena y tenía que tomarme un barco, dos horas navegando para llegar a otra isla y, con un permiso del rey de la isla, podía traerme diez latas de cerveza y cuatro litros de vino envasados al vacío; lo único que podía tener para la fiestas”. Estas fechas las pasaban con otros argentinos que estaban allá también trabajando en caballerizas.
El día que quiso pegar la vuelta
“A los cuatro meses de estar allá le pedí por favor a mi esposo que quería volver. Yo extrañaba, me moría de tristeza”, expresa la hendersonense, y subraya que “ahí está el primer maestro de mi vida, cuando él me dijo: ‘¿Te querés ir? Acá tenés tu pasaporte. Pero esto se termina acá. Yo vine con un propósito y lo voy a cumplir’. Ahí es cuando hice un clic y me di cuenta de que él también estaba en las mismas condiciones que yo, él también había dejados sus raíces y sus afectos, como yo. Somos dos seres que tenemos que buscar la manera de fortalecernos, aun con el sufrimiento, y con una beba de cuatro meses”. Así fue que Andrea desistió de su intención de abandonar la isla y se quedó a pelearla junto a su esposo y su hija. Aprendió inglés, a conducir y a desenvolverse en un mundo desconocido.
La experiencia en el palacio del rey
El palacio del rey de la isla de Borneo tenía un zoológico interno, en el parque; además, lógicamente, una cancha de polo, a la que su majestad llegaba en helicóptero.
Acosta cuenta que eran invitados al cumpleaños del sultán, en el palacio, y a los de los hijos del príncipe. Asegura que era increíble el lujo que allí se podía apreciar.
En los festejos de estos cumpleaños, dice Andrea, pudieron conocer, entre otros artistas que actuaban para la ocasión, a Stevie Wonder, Elton John, Bryan Adams, Whitney Houston y Rod Stewart.
El encuentro con otra hendersonense
El primero de los viajes anuales a Argentina, y a nuestro pueblo, Andrea lo realizó para visitar a su hermana, Fabiana, que se encontraba muy enferma. En esa oportunidad viajó sólo con su hija. En el aeropuerto de Londres, donde el avión hizo escala, vio a alguien cuya fisonomía le resultó conocida. Efectivamente, era una hendersonense: “La hija de Chiche Vesga, que estaba en España y el avión en el que viajaba hizo escala también ahí”.
El regreso y a empezar de nuevo
Quien comparte hoy su historia de vida lejos del pago chico explica que, a raíz de un problema que ocurrió entre el príncipe y el rey de la isla, éste le cortó a aquél todos los hobbies, entre los que estaba el polo. Por ello, el matrimonio junto a sus hijos –el varón, Andrés, nació allá-, al igual que el resto de los argentinos que trabajaban en la misma actividad, debieron regresar a nuestro país.
Se instalaron en Salazar, en una casa que Alfredo les había comprado a sus padres, quienes vivían en el campo.
Andrea Acosta dice que así como antes de partir al sureste asiático se prepararon para lo bueno, ahora tuvieron que hacerlo para lo malo. Fueron épocas difíciles en Salazar. Un año sin trabajo, la plata se iba y no se generaban ingresos, la compra –con el dinero ahorrado en el exterior- de una casa a la que había que terminar -y no se pudo-, la posterior venta de la misma. Hasta que alquilaron una quinta a 3.000 metros del pueblo y la familia se trasladó allí.
Alternando buenas y malas pudieron salir a flote. El marido vendiendo lo que producía en la quinta y la esposa mostrando sus dotes de repostera, que había adquirido en un curso en la isla de Borneo. Así que empezó a cocinar y vender tortas para sostener la economía familiar..
Contexto Las Flores
El patrón que tuvo Alfredo cuando trabajó de adolescente en una estancia de Daireaux compró una estancia en Las Flores. Enterado de que su ex empleado estaba de regreso en Argentina, lo ubicó y le propuso ir a trabajar nuevamente con él, como en los viejos tiempos. Así fue como la familia Deangelis Acosta recaló en esta ciudad y, parece, para quedarse. Esto fue “el 1º de agosto de 2004”, dice Andrea, demostrando nuevamente su precisión para el recuerdo de fechas importantes.
Allí Alfredo sigue trabajando en el campo, Andrea reanudó sus estudios, Johanna cursa la carrera Administración Pública y a Andrés le quedan dos años para terminar el secundario.
Renace la vocación
Establecidos en su nuevo lugar en el mundo, Andrea decidió retomar, hace tres años, los estudios de enfermería, que había abandonado para acompañar al hombre de su vida al exterior. “Por amor abandoné la carrera, y por amor acompañé a este hombre, que es el gran maestro en mi vida”, dice Acosta, y agrega que “una vez recibida, en noviembre, ya salgo con un trabajo fijo en el hospital”.
De visita en el pago y el apoyo incondicional de Irma
Andrea Acosta dice que en breve viajará a Henderson, al que no visita desde hace un año; aunque igualmente está en contacto con sus padres porque éstos de vez en cuando se dan una vuelta por Las Flores. Además, dice, “los medios de comunicación acortan las distancias”.
A su madre, Irma Acosta, cocinera del hospital Dr. Saverio Galvagni desde hace muchos años, Andrea también la considera una maestra de la vida, y le dedica un párrafo aparte, por la fuerza y el apoyo que le brindaba: “Ella siempre me dijo: ‘No se venga usted para acá, usted siga al lado de su esposo, porque usted también tiene sueños y proyectos; críe a sus hijos al lado de su esposo’. Siempre fue mi cable a tierra”.
Cantando por un sueño
Además de su vocación de enfermera, Andrea siempre sintió pasión por tocar la guitarra y cantar. Esta veta la heredó de su padre, Pedro Perico Acosta. Antes de irse a vivir fuera del país alcanzó a presentarse en el Henderson Canta, en el año 1991. Recuerda que en esa edición del festival actuó Argentino Luna, quien, luego de oírla cantar, le dijo “que tenía muy buena voz y que podía tener futuro en Buenos Aires”.
Lógicamente, con su radicación en el exterior, también debió relegar su faz artística. Por eso ahora vuelve a calentar motores. Hace un mes concurrió al casting para participar en Soñando por cantar, el ciclo televisivo de canal 13. Quedó seleccionada y está a la espera de que la llamen.
Como final, Andrea anticipa a Hendersonline las palabras con las que se comenzará cuando llegue ese momento: “Después de tanto tiempo, el tren volvió a pasar; sueños dormidos volvieron a despertar. Y aunque esta noche mis nervios estén presentes, no son motivos para no disfrutar; el corazón me está diciendo que comience a cantar”.