La anécdota: Arrorró mi niño, arrorró mi sol…
27-05-2012 15:34 | La abuela leía un cuento a su nietito, con la intención de que éste conciliara el sueño. Resulta que esa noche el cuento no era muy atractivo, o la nona lo interpretaba muy mal; la cuestión es que el pequeño tenía los ojos como el dos de oro.
El matrimonio, con su pequeño hijo, vivía en la casa de la madre del cónyuge, hasta que pudiera terminar su propia vivienda. Y todos sabemos la devoción de los abuelos para con sus nietos, sobre todos cuando éstos son niños aún.
Doña María iba todas las noches a leerle un cuentito infantil a su nieto con la intención de que él se durmiera. Muchas veces conseguía su objetivo y el niño cerraba los ojitos antes de que el relato terminara. En otras ocasiones la abuela finalizaba la lectura y el pequeño seguía mirándola con los ojos bien abiertos, sin el menor atisbo de caer en los brazos de Morfeo.
Esa noche se dio la segunda situación. El niño dormía en la misma habitación de sus padres, quienes miraban televisión en el living esperando que la nona terminara de leer el cuentito de las buenas noches y el nieto se durmiera.
Pasaron más de cuarenta minutos y tres cuentos y desde el dormitorio se seguía escuchando la voz de la abuela y alguna interrupción de la criatura. Como los cónyuges tenían que levantarse temprano para ir a trabajar, y estaban vencidos de sueño, en un momento la mamá del niño, la nuera de la relatora del cuento, no aguantó más y se dirigió a la habitación.
Vio que su hijo estaba con los ojos como el dos de oro y, sin más preámbulos, le espetó a su suegra: “Doña María, ¿podría seguir leyendo el cuento en su pieza, que Matías tiene que dormir…?