20-05-2012 15:00 |
Sin dudas, las yerras de la estancia “19 de Abril”, cerca de Asturias, son de las que más recuerda la paisanada de la zona. Es que en ese campo también conocido como “El Desvío” se celebra el acontecimiento campero de castrar los terneros con una verdadera fiesta de todo el día. Algunos de los animales son grandes y no muy mansos, capaz de topar a un pibe y mandarlo al aire
Los gauchos invitados a la fiesta en la estancia propiedad de Mariano Grondona preparaban los lazos con días de anticipación, se calzaban la mejor bombacha, botas acordes y el sombrero o la gorra más nueva. La cosa arrancaba a eso de las 6 de la mañana, meta pial y cuchillo, para hacer un alto a eso de las 8, para degustar a modo de desayuno las primeras criadillas directo de una parrilla junto al corral. Después se seguía con la faena hasta el mediodía. Una vez terminada la yerra llegaban las empanadas y el asado del almuerzo, previa de una tarde de juegos camperos, como la taba, amenizada con mate y tortas.
Para los hijos de los paisanos invitados era una fecha esperada. Algunos se dedicaban a juntar las criadillas en tarros con manija, corriendo de un lado al otro del corral cada vez que el capador gritaba “tarroooo”. Pero había que andar prevenido, los terneros en la disparada cuando los soltaban solían ser encaradores.
Esto le pasó al purrete que andaba con el tarro de aquí para allá pero se distrajo en un momento y a sus espaldas soltaron un ternero al que poco le faltaba para ser toro, por lo grande. El animal lo calzó justo del fundillo y lo elevó por el aire unos dos metros. Ya estaba en pleno vuelo cuando uno de los enlazadores gritó “guardaaaaa”. Así, en el aire, y antes de que recibiera el porrazo de su vida vaya a saber con qué consecuencias físicas, el pibe fue barajado en el aire.
“Así me gusta, que no largue el tarro con los huevos”, le dijo el mismo muchacho que lo agarraba cual arquero profesional. El salvador era uno de los hijos del dueño, que cuando puso en el suelo al niño volvió a felicitarlo. Este se aguantó las lágrimas. Eso sí, dejó el tarro, pasó el alambrado y se dedicó a observar la yerra desde afuera.