La anécdota: ni marcha atrás ni vendido
29-04-2012 13:58 | El hombre había logrado ahorrar unos pesitos y quiso reemplazar al sulky por un vehículo. A duras penas aprendió a manejar, pero se le complicaba para salir del garaje
El hombre estaba conchabado como foguista en el ferrocarril a principios de la década del 60. Oriundo de Casbas, se había radicado en una quintita en las afueras de Henderson, donde vivía con su familia.
El trayecto de su domicilio a la estación lo realizaba en sulky. Después de varios años, esto ya lo había acobardado, pues estaba cansado de ensillar y desensillar el caballo todos los días, mantener en condiciones al animal y padecer la inclemencia del tiempo en días de mucho frío o lluvia. De modo que se había puesto como meta comprarse un vehículo antes de jubilarse, para ir y volver del trabajo en auto.
Así fue como, después de un par de años de ahorro forzoso, el hombre pudo cumplir su sueño y comprar el primer coche: una camioneta Ford modelo 48.
Jamás había manejado más que las riendas del sulky, por lo que, cuando adquirió el vehículo, tuvieron que llevárselo hasta la puerta misma del galpón que iba a hacer de garaje.
Un compañero suyo que sabía conducir le dio unas cuantas clases de manejo, hasta que el foguista ya estuvo en condiciones de comandar solo su chiche nuevo.
Iba y venía de la estación lo más bien, como si siempre se hubiese movilizado en automóvil. Sólo dos cosas no pudo aprender: estacionar y dar marcha atrás.
Por la primera no se hizo mayores problemas, pues en esa época lo que sobraba era lugar para dejar el coche.
El inconveniente se le planteaba con el tema del retroceso. No cuando andaba en la calle, pero sí cuando debía guardar la Ford en el galpón.
La camioneta durmió casi un mes a la intemperie, hasta que una noche una pedrada intensa le rompió los vidrios y le abolló el techo.
Allí el hombre se exigió tomar una decisión entre dos alternativas: aprender a dar marcha atrás o vender el vehículo.
El tema le dio vueltas en la cabeza todo ese día y se fue a la cama sin saber bien qué hacer.
No se sabe a ciencia cierta si lo soñó o lo pensó antes de quedarse dormido, la cuestión es que esa noche el amigo encontró la solución.
Pasada una semana quedaba inaugurada oficialmente la nueva abertura en el galpón- garaje. Desde ese día en adelante, el hombre entraba con su Ford 48 por un portón y salía por el otro.