Al calor de las letras: hoy, El alhajero de TÃa Juana
14-04-2012 04:13 | En esta oportunidad compartimos en este espacio literario un cuento de Tito Flores. Los invitamos a disfrutar a continuación de El alhajero de Tía Juana
El alhajero de Tía Juana
Mis primeros recuerdos de ir a visitar a tía Juana vienen desde la niñez. La verdad, no podría decir realmente cuándo empecé a frecuentar su casa. Seguramente papá y mamá me llevaban desde que era muy chico.
Lo que sí tengo presente es que ella era muy buena conmigo. Siempre tenía alguna golosina para convidarme... Ni hablar de los postres que preparaba. Era muy buena cocinera. Tenía una mano especial para los flanes. Eran (y lo siguen siendo) mi punto débil. Ella, en realidad, era una tía lejana de mi papá, pero por una cuestión de respeto y costumbre, todos le decíamos Tía.
Ella era una mujer anciana. Todos sus muebles eran acorde a su edad cronológica. Entre todo el mobiliario se destacaba un juego de sillones de tela floreada, ya gastada por el tiempo y bastante percudida por los años. Una mesita ratona adornaba el centro de la sala de estar. Sobre ella, un florero blanco, siempre conteniendo tres pimpollos de rosa producto de su jardín.
Un viejo aparador color madera dominaba el ambiente. Estaba saturado de adornos en sus estantes. Había recuerdos de algún casamiento, cumpleaños, bautismo y toda fiesta que a uno se le pudiera ocurrir. Parecía un muestrario de suvenires. Era un escenario muy común en los hogares de gente mayor.
En medio de todo ese despliegue de chirimbolos había una especie de cofre de madera lustrada. Su tamaño era superior al de una caja de zapatos. Esto hacía suponer que contenía muchas cosas, tal vez de valor. Este detalle siempre era comentado en mi casa. Nos imaginábamos que tendría algunas cadenas oro, tal vez algún anillo de brillantes y, por qué no, algunas monedas antiguas. La caja era lo suficientemente grande como para guardar todo eso. ¿Tendría también dólares o la escritura de alguna propiedad?
Cierta vez, para un cumpleaños de Tía Juana, como al descuido, papá le preguntó a la dueña de casa qué era lo que guardaba en esa caja de madera. Tía Juana intentó disimular con una sonrisa la curiosidad de mi padre. Pero no esquivó la pregunta y le dio una respuesta que tal vez ya tendría pensada: “En este alhajero guardo las joyas más preciadas de la familia; el día que yo falte pasarán a manos de ustedes. Es la herencia que les voy a dejar. Me gustaría que cuidaran de su contenido”.
“Realmente tengo mucho amor por las cosas que guardo ahí. No podría desprenderme de esas alhajas por nada del mundo”.
En ningún momento demostró intención de exhibir su tesoro. Ninguno de nosotros se animó a pedírselo. Después de escuchar esa explicación, nuestra curiosidad aumentó más aún. Sus palabras sonaron como un mandato. En casa no se habló más del tema.
Pasaron algunos años y la salud de nuestra Tía empezó a desmejorar, hasta que un día recibimos la triste noticia de su muerte. Asistimos a su velatorio solamente mis padres y yo. No tenía más familiares que fueran a llorar su partida. Después de terminada la ceremonia en el cementerio fuimos a su casa para ver si había quedado todo en orden. El comedor ahora parecía más lúgubre. El olor a encierro y humedad nos envolvió ni bien ingresamos. Nos sentamos los tres en esos viejos sillones que habían sido testigos de tantas de visitas. En silencio, recordamos a esa mujer que ya no estaba más.
Papá, tratando de romper ese momento tan triste, propuso abrir el alhajero para ver cuáles eran esas joyas de las que siempre hablaba Tía Juana. Enseguida, con delicadeza, acomodó sobre la mesa ratona aquella cajita de madera.
Como si se tratara de un ritual, abrió con mucho cuidado ese cofre que contenía “los tesoros de la familia”, según palabras de su dueña.
Nuestra sorpresa fue cuando en su interior encontramos solamente tres fotos. En todas ellas aparecíamos papá, mamá y yo. Ahí entendimos el mensaje de amor que nos dejó Tía Juana: para ella, nosotros éramos las “Joyas de la familia”.
Tito Flores