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La anécdota: un histórico goleador

08-04-2012 14:06 | El episodio de hoy nos remonta a un partido de fútbol intercolegial y tiene como progtagonista sobresaliente a un alumno muy estudioso y poco afecto a los deportes, que ese día, a raíz de un imprevisto, tuvo que ponerse los cortos y entrar en acción










Al alumno, muy aplicado y estudioso, le apasionaban la historia, las artes y la música. Esas eran las materias a las que dedicaba mayor tiempo en la etapa de la secundaria. Con la misma intensidad detestaba la física, la química los deportes en general y el fútbol en particular.
Por eso, muchas veces no asistía a las clases de educación física, sólo lo hacía la cantidad de veces exigidas para no quedar libre de faltas. Nunca participaba de competencias deportivas. Ni como protagonista ni como espectador. Los compañeros de año lo invitaban siempre a que fuera a verlos al potrero cuando jugaban con otros grados, o los famosos intercolegiales, pero él siempre buscaba una excusa para decir que no.

Fue una semana agotadora para los estudiantes de tercer año de Perito, con pruebas escritas bastante complicadas y decisivas para aprobar o no algunas materias. Y el viernes cerró con una evaluación sobre el imperio bizantino, de  historia universal, materia aborrecida por la mayoría del alumnado, pero una de las preferidas de Julio, quien la resolvió con la solvencia y la rapidez de siempre.

Ese viernes, después del colegio los muchachos habían programado un encuentro futbolístico con los pibes de tercero del Nacional. En el año habían jugado dos partidos, con una victoria para cada bando, por lo que ese match era el desquite, el bueno, el que definía la corona.

No se sabe si porque estaba muy contento por haber sorteado satisfactoriamente todos los exámenes de la semana, o por algún otro motivo especial, el alumno estudioso y aplicado fue hasta la canchita de Fútbol Club –la que estaba ubicada en un terreno aledaño a la Escuela Especial- a ver a sus compañeros.
Permaneció al costado de la línea de cal, en silencio, serio; sólo esbozaba una pequeña sonrisa cada vez que el equipo que, de alguna manera, él representaba convertía un gol.
Así fue hasta que un infortunio iba cambiar radicalmente las cosas esa tarde.
Un defensor de tercer año de Perito, muy eficaz a la vez que atropellado, en una arremetida contra la valla rival se llevó por delante el palo izquierdo del arco, lo que provocó que se aflojara el travesaño y cayera pesadamente sobre su integridad física.
Afortunadamente el futbolista –que aún hoy sigue demostrando su vigencia dentro de un campo de juego- no sufrió mayores consecuencias, pero ese día no pudo continuar en cancha.
Después de atar con alambre los postes del arco, los muchachos de Perito se dieron cuenta de que no tenían relevo para el lesionado, apenas habían completado los ocho integrantes que exigía el reglamente. A no ser que…
Julio se negó rotundamente a jugar los minutos finales del encuentro, que era de hacha y tiza y estaba empardado en cuatro tantos. Sus compañeros insistieron para convencerlo, le pidieron por favor. El, nada, ratificó su negativa.
De pronto, alguien le dijo: “Dale, dejate de hinchar que hay que ganar, hoy tenemos que quedar en la historia”.
Parece que ésa fue la palabra mágica: historia. Julio se puso una camiseta y un pantalón corto y entró en la cancha.
Hubo un reordenamiento de players y al improvisado sustituto lo mandaron arriba.
En el último minuto, con el partido siempre empatado, hubo un córner para Perito. Como ocurre en estos casos, fueron todos a buscar el centro a la olla, incluido el arquero.
El Piji le puso tiza al empeine del pie derecho, el balón giró en cámara lenta en el aire y encontró en su aterrizaje la cabeza prominente de quien a partir de ese día se convertiría en héroe. La número cinco se coló en el ángulo superior derecho y marcó el 5-4 definitivo.

Julio quedó paralizado unos segundos y, cuando reaccionó y se dio cuenta de la hazaña que había conseguido, y con la prueba del imperio bizantino aún en el inconsciente, salió corriendo y gritando desaforadamente: "¡Justiniano gol, Justiniano gol!"
 
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