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Al calor de las letras: hoy presentamos ´Odiosa amiga´

07-04-2012 13:39 | Compartimos en este espacio literario un cuento de Elva Pavón. Se titula Odiosa amiga y los invitamos a leerlo a continuación

















                                             Odiosa amiga



- ¡Otra copa! ¡Otra copa! ¡ Yo pago... tengo dinero... yo pago!- Los gritos desaforados que invaden el recinto provienen de un hombre mayor, deteriorado por la adicción, aunque  a pesar del estado, su figura vislumbra un pasado no muy lejano, algo diferente.

Estoy sentada justo frente a la barra del antiguo bar... No debería estar a mi edad aquí... Otrora fue un bello café familiar, sus paredes impregnadas de recuerdos me incitan a regresar. Y sin pensarlo soy testigo de esta triste escena.
El mozo del lugar se acerca y por lo bajo me susurra: - No se alarme, no es peligroso- Pago lo consumido y me alejo.

Es una noche de frío invierno, el viento desordena mis cabellos y se filtra a través de mi fino abrigo, apresuro el paso; a pocas cuadras del lugar tengo mi departamento. Una espesa llovizna ha comenzado. Al fin  llego, saco las llaves de mi bolso, abro; Felipe, mi gato, me recibe; mientras camino una y mil veces se entrecruza entre mis piernas. En otros  tiempos todo era diferente... los gritos de mis tres niñas los podía escuchar desde la vereda... corrían a abrazarme y llenarme de besos.... Hoy ellas ya no están, son profesionales, la situación económica del país las llevó a radicarse en el extranjero.
En Navidad solamente nos reencontramos y por unos días vuelve la alegría a la casa.
Norberto, mi compañero, un día se alejó para no volver... -nunca supe el motivo, o tal vez... sí-
Esta es mi realidad, soy Rafaela, a punto de cumplir sesenta años, el paso del tiempo ha dejado profundos surcos en mi rostro, mi cabello cano, mirada triste otrora vivaz... consecuencia de mi "odiosa amiga".

Miro la hora, ya casi son las nueve, temprano para algunos, pero para mí no. Rutinariamente preparo la cena, hoy, sopa de arvejas; mientras tanto enciendo el televisor, está comenzando el noticiero. El periodista anuncia una noticia de último momento. La imagen  muestra el cuerpo de un hombre que yace inerte en el piso. ¡Es la persona que yo vi hace instantes en el bar, no lo puedo creer! Según testigos, comentan que perdió el control de sus actos, y los dueños del recinto, propinándole varios  golpes, lo alejaron. Al ver semejante aberración, uno de los transeúntes que pasaba por el lugar dio aviso al servicio de emergencias y, al mismo tiempo, a un canal de TV (que, paradójicamente, llegaron primero que la ambulancia).
De pronto... se observa cómo, dificultosamente, esta persona intenta balbucear; el periodista abruptamente lo interroga, acercándole el micrófono, pero... no recibe respuesta alguna, sólo una mirada perdida, húmeda...
Veo cómo los curiosos  comienzan a aglomerarse; sin dudarlo un instante tomo mi abrigo y acudo al lugar del hecho. La lluvia se ha vuelto intermitente. Al llegar al lugar puedo observar muy de cerca el rostro del accidentado, muy golpeado, y cómo de su boca emana sangre. Saco de mi bolsillo el celular e intento llamar al SAME, aunque me acotan que ya lo han hecho; al instante llegan, le realizan los controles correspondientes, cuidadosamente lo colocan en la camilla. Sin pensarlo permanezco junto a El, los paramédicos me preguntan si soy familiar, contesto que no; pero... sin saber por qué les solicito poder acompañarlo en la ambulancia, y tras consultarse entre ellos, acceden.
Al llegar al hospital, me piden que al bajar espere en el pasillo. Después de un largo rato, aparece un medico, informándome que el paciente presenta varios hematomas externos e internos, pero que no revisten gravedad. Preocupado me consulta si yo me voy a ser cargo de El, pues el problema principal es la adicción al alcohol, necesitando un prolongado tratamiento de desintoxicación, el cual debe ir acompañado de mucha contención de parte de sus familiares.
No supe que decir... por unos instantes pensé -¿Qué estoy haciendo aquí?-
El médico, al verme dubitativa, dio media vuelta alejándose, y al ver su accionar, de mis labios brotaron estas palabras:
-¡Doctor! ¡Doctor, yo me hago cargo de El!-
 
Pasaron varios meses, en los que "religiosamente" asistía al nosocomio para saber de su estado, sólo averiguaba en recepción, nunca pasaba a la habitación. Lo que siempre recordaba de El era su rostro lacerado, su mirada perdida... húmeda... lejana; inmersa en esos pensamientos no me percaté de que por el largo pasillo se  acercaba una persona; de no ser  por la secretaria, que muy disimuladamente me lo informa.
Sorpresivamente vislumbro la imagen de un señor de andar cansino, cabellera entrecana, discreta vestimenta, que dirige sus pasos hacia mí y, sin dudarlo, me toma delicadamente de las manos y me dice con gran emoción: ¡¡Gracias, Rafaella!! ¡¡Gracias!!

Presiento que tal vez... mi "Odiosa Amiga" se aleje...




                                Elva Pavón
 
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