El Angel de la Bicicleta
Hacía mucho calor. El pueblo en verano era abrasador. La mujer llegó en su bicicleta al banco con la esperanza de que no hubiera mucha gente. Pero eran días de pago de jubilaciones, vencimiento de servicios, etcétera. Era cerca del mediodía. Algunos empleados habrían salido a almorzar. Al bajar de su bicicleta, notó que la rueda trasera estaba desinflada, o tal vez pinchada. Se molestó al pensar que tendría que volver a su casa caminando, soportando el calor y arrastrando su playera.
Entró al banco. Había unas 20 o 25 personas haciendo cola. Un solo cajero atendía al público. Decidió volver al otro día. Salió pensando en la caminata que le esperaba. Entonces vio con asombro que la goma en cuestión, estaba en perfecto estado, bien inflada, lista para continuar. ¿Cómo podría ser?, se preguntó, si se asomó al banco apenas un instante. Miró para todos lados con la intención de encontrar a quien había arreglado el desperfecto tan rápido. La calle estaba desierta. Se sintió desconcertada. Marchó hacia su casa sin entender lo sucedido.
Don José era un cartero muy responsable. Hacía su trabajo a bordo de una bicicleta que le proveía el Correo, y aunque era vieja y pesada, cumplía con su cometido. El chirrido de la cadena le hizo notar que hacía falta aceitarla. Se prometió a sí mismo que el domingo, mientras escuchara el partido por radio, le haría algunos ajustes, incluida la lubricación. Recordó que no tenía aceite de máquina en su casa, así que tendría que comprarlo a la salida del trabajo, en una ferretería que quedaba de paso.
Entró en una oficina a dejar la correspondencia, y se quedó unos minutos charlando con la empleada, quien lo consultó sobre una encomienda que esperaba recibir. Al salir notó con sorpresa que alguien había lubricado la cadena. Ya no hacía ruido. Se sonrió pensando que alguno de sus compañeros le había hecho esa broma, ya que siempre le hacían referencia al sonido molesto de la cadena. Al llegar al Correo comentó lo sucedido. Pero nadie sabía nada del tema.
El pueblo entero empezó a fabular sobre estos hechos. Se habló del “Justiciero de la Bicicleta”, otros dijeron algo sobre “El Angel de la Bicicleta”, asociándolo con una canción de León Gieco. Lo cierto es que esos pequeños milagros tenían ocupado a todo el mundo. Hasta en la radio local era tema de conversación la actividad silenciosa de este personaje al que nadie podía descubrir.
Una tarde al vendedor de diarios se le cortó el freno de su bicicleta de reparto. Maldijo pensando en el gasto extra para su presupuesto, siempre y cuando consiguiera los repuestos, porque ese modelo ya no se fabricaba más. Al llegar a su casa, la guardó en el galpón y cerró la puerta con candado. Al otro día la llevaría a arreglar. Sorpresa fue cuando a la mañana siguiente el freno estaba intacto.
La gente hablaba cada vez más. Hacía especulaciones sobre quién era “El Angel de la Bicicleta” que reparaba desperfectos sin darse a conocer, sin esperar una gratificación económica. Los bicicleteros, preocupados, organizaron una marcha. A este ritmo en poco tiempo se quedarían sin trabajo. No faltó quien, viendo que a su bicicleta había que cambiarle las cubiertas, la dejaba como al descuido en cualquier esquina. Pero no pasaba nada. El Angel no cambiaba cubiertas. No era cuestión de andar dejando sin trabajo a los bicicleteros. La gente, entre agradecida y temerosa, seguía haciendo apuestas. Algunos decían que era alguien que amaba a las bicicletas porque de chico no había tenido ninguna. Otros aseguraban que se trataba de alguien de buena posición económica, que ayudaba a la gente humilde que no podía gastar en arreglos. Pero una vez le reemplazó tres rayos que se le habían cortado al triciclo de la hijita del Doctor, y ellos no tenían problemas económicos. Estaba claro: ¡El Angel lo hacía por las bicicletas, no por las personas! Pero… ¿El Angel de la Bicicleta, en realidad, existía, o era una alucinación colectiva? Los arreglos siguieron sucediéndose a lo largo del tiempo. Ruedas torcidas aparecían centradas y ajustadas. Esas luces llamadas “ojos de gato” brillaban mucho más en la oscuridad. Parecía que alguien las había lustrado. Pero nadie pudo develar el enigma. Nadie logró descubrir quién estaba detrás de estos eventos.
Sin embargo, todas las personas del pueblo sueñan con encontrar cualquier día de éstos, en plena tarea reparadora, al misterioso y anónimo Angel de la Bicicleta.
Tito Flores