La casa de Alejandro
Alejandro tenía la suerte de vivir a la vuelta de la escuela N° 35 Nicolás Avellaneda. Suerte porque salía de su casa dos minutos antes de las ocho de la mañana y llegaba enseguida. Yo por mi parte tenía que caminar las 15 cuadas que separaban mi casa del colegio. Pero Alejandro tenía una desventaja o eso creía yo: como vivía cerca no podía hacerse la rata, tan común en aquéllas épocas, y creo que hoy también. Cuando yo decidía faltar al colegio, me iba por ahí a conocer los alrededores, la estación de tren, a ver esas calles que nunca había transitado, casas nuevas, otras mas viejas era toda una aventura para mis diez años.
Una vez nos pusimos de acuerdo Alejandro Bollo, (si, tenía un apellido raro), Carlitos Defani, fanático de los autos, Germán Jacinto Godoy, el del flequillo rebelde, Aldo Alberto Achaval, él era el angelito negro de las tres “a”, y por supuesto yo.
Éramos cinco amigos inseparables, decidimos que esa mañana no iríamos al colegio, el asunto era donde pasaríamos las cuatro horas de clase, hasta que Alejandro propuso ir a su casa, todos le aullamos al unísono: ¿Estás loco? ¿Cómo vamos a ir a tu casa a decirle a tu mamá que nos hacíamos la rata? Vamos, dijo con un aire de “yo sé lo que hago”.
Atravesamos el portón verde de chapa acanalada los cuatro asustados detrás de Alejandro. Pero lejos de lo que pensábamos, la madre se puso contenta de vernos. Con muy buena predisposición nos preparó un desayuno, y por supuesto nos asombró lo liberal que era esa mujer que nos trataba como si fuéramos todos hijos suyos. Desde el fondo de la casa, escuchábamos las campanadas que anunciaban los recreos, mientras imaginábamos que estarían haciendo los chicos que ese día habían ido al colegio; al mediodía cada uno volvió a su casa como si hubiésemos asistido a clase.
El padre de Alejandro era otro personaje; alto, delgado, de barba y bigotes, fumaba en pipa y, a pesar de su voz grave, era un hombre muy amable. Tenía una calesita pero con una variante: no tenía motor. Cierta tarde nos cargó a los cinco amigos en un destartalado auto azul y nos llevó a que le ayudáramos a hacer girar ese desvencijado carrusel, empujándolo de los barrotes; era cómico. Pero por lo menos tenía música, siempre escuchábamos a Creedence Clearwater Revival, un grupo de música country. No me daba cuenta que a partir de ese momento, la música se convertiría en una dulce espina, que jamás podría arrancar de mi vida.
Para una fiesta Patria, en el colegio, Alejandro y yo fuimos designados encargados del sonido del acto, él en la consola y yo con los micrófonos. Me parecía mentira estar a cargo de esos elementos con tan poca edad. Todo salió a la perfección, a tal punto que recibimos las felicitaciones de la Directora.
Veinte años después volví al barrio, observé detenidamente la escuela, ahora me parecía más chica, no esa mole gigante y fría que gravitaba en mi memoria. Obviamente pasé por la casa donde vivía Alejandro. El frente estaba igual, como detenido en el tiempo. La chapa acanalada del portón era una invitación a pasar. Parecía recién pintada del mismo verde como dos décadas atrás. ¿Alejandro seguiría viviendo ahí? ¿Sería el ingeniero electrónico que soñaba ser cuando era chico? ¿Sería un hombre de bien o la vida lo habría llevado por algún camino errado? Me quedé paralizado frente a aquel portón que me pareció tan familiar, mientras millones de imágenes del pasado invadían mi mente. Había una sola manera de encontrar respuestas…
Pero sentí miedo y no pude llamar, miedo a que no le interesara hablar con un viejo compañero de rateadas, o quizás no se acordara de mi. Me fui caminando mientras se me mezclaban los sabores de la nostalgia con el miedo al ridículo. El ruido de la calle me devolvió a la realidad.
Hoy soy un hombre, y sin embargo cuando escucho algún tema de Creedence, siento que vuelve el tiempo atrás, que vuelvo a tener diez años, entonces, por alguna razón mística, cierro los ojos, trato en vano de deshacer un nudo en la garganta, siento el tañido lejano de una campana y me parece estar entrando otra vez a la casa de Alejandro…
Tito Flores