La anécdota: Le hicieron poner el auto, pagar el lechón y colaborar con la bebida
La historia comenzó una noche cerrada de mediados de año. En una quinta cercana al pueblo donde funcionaba un criadero de cerdos, los muchachos fueron a elegir -y sin permiso- un lindo ejemplar para compartir con la división el sábado por la noche.
En medio de la faena vieron que se acercaba una luz, apuraron la elección y cargaron al desafortunado porcino en el baúl de un Falcon rojo, propiedad del padre de uno de los pibes. Salieron raudos rumbo al pueblo y ocultaron el botín en una casa vacía que pertenecía a la familia de uno de los de la barra, donde lo pelaron para consumirlo al otro día.
Ese mismo sábado, enfrente al Banco Nación algunos de esos chicos compartían charla y contaron lo sucedido a "El gordo”. En eso estaban cuando frenó el Falcon rojo y bajó quien había transportado el cuerpo del delito. “El gordo” lo barajó en el aire. “Menos mal que viniste. Si vos anduviste anoche por la quinta de (y le nombró al propietario) agarrate, porque el tipo dice que le están afanando lechones y que ayer vio un Falcon rojo que salía de al lado de su quinta y le faltó un chancho. Dice que si no se lo pagan va a ir a hacer la denuncia... Y muchos Falcon rojo en el pueblo no hay”, dijo, para iniciar la broma.
Poco afecto a largar más dinero que el correspondiente, el conductor se agarró la cabeza y luego lanzó: “Bueno, juntaremos la plata y se la daremos, el lechón ya está pelado”. “No, qué. ¿Si te identificó a vos por qué vamos a pagar nosotros?", respondieron rápidos los demás. Hubo discusión pero le 'hicieron entender' al perjudicado que si la cuestión llegaba a oídos de su padre la cosa se le iba acomplicar mucho más.
El propio autor de la broma se ofreció a llevarle el dinero al damnificado. El del Falcon rojo no tuvo más remedio que ir hasta su casa, sacrificar ahorros y traerle el dinero al emisario, tras lo cual se fue a preparar para la cena.
Los otros, tomaron la plata y se fueron a compar la bebida. Dicen que fue uno de los asados mejores regados del grupo. Luego dividieron los gastos.
“Yo ya pagué el lechón”, dijo quien había puesto el monto del valor de un porcino de unos 12 kilos limpio. “Vos ponés lo mismo que todos”, se escuchó inflexible al encargado de recaudar. Resignado, el muchacho volvió a meter la mano en el bolsillo en una jornada que para él ya era escandalosamente cara. Obvio, al final del cuento fue el que más puso, porque los demás habían financiado la bebida con lo que el propio destinatario de la broma había puesto para el presunto pago del lechón, con lo que supuestamente evitaría la denuncia del chacarero, quien, por supuesto, nunca supo nada de toda esta historia.