El propietario tenía dos salones que siempre alquilaba. Uno de ellos contaba con una puerta atrás que comunicaba con su vivienda familiar. En ese local, hace unos cuantos años, un ex empleado municipal abrió una despensa.
Todo marchaba bien para el comerciante, hasta que un día notó algo extraño: le pareció que la
bandeja de milanesas preparadas de la heladera tenía menos unidades que cuando había cerrado el negocio la noche anterior. No le dio demasiada importancia al hecho la primera vez, aunque le llamó la atención.
Los siguientes días se desarrollaron con normalidad, con las ventas a buen ritmo. Pero una mañana, nuevamente, el hoy remisero se sorprendió cuando ingresó en su comercio. Esta vez vio que la máquina de cortar fiambre no estaba reluciente, como la había dejado en la noche previa, sino que presentaba signos de que alguien la hubiese usado durante el lapso que el negocio estuvo cerrado.
A diferencia de la primera vez, que luego de la misma pasaron siete días sin que se volviera a repetir, este episodio comenzó a tornarse cotidiano. Ya no era una sensación, sino que alguien se estaba haciendo el vivo. Empleados no tenía, de modo que los únicos que podían ingresar en el local eran él y su esposa, que también estaba al frente de la despensa. A no ser que...
Pensó todo ese día de qué manera podía comprobar si, efectivamente, el responsable del faltante era la persona sobre la que él había puesto todos los votos. Sobre el final de la jornada hizo una selección de las mejores ideas y escogió una, y antes de apagar las luces y bajar la persiana dejó la trampa preparada.
A la mañana siguiente al Turco ya no le quedaron dudas: el hilo de coser que había atravesado a lo ancho de la puerta que separaba el local de la casa del propietario... estaba cortado...