El chico tenía un Renault 12 azul que solía estar parado delante de su comercio de la calle Moreno, y los sábados por la noche, pese a estar a poco más de una cuadra del boliche, salía de rotation en el coche, generalmente acompañado por compañeros de curso en el por entonces Colegio Nacional.
A veces, se sabe, trago va, trago viene, sobrevienen los problemas. Una noche, las condiciones no daban como para que manejara. Lo amigos no lo dejaron irse solo y uno de ellos se ofreció para conducir el Renault 12. El Gordo tomó el volante, pero no paró frente a la casa del propietario del auto, sino que viró hacia otro lado.
El muchacho, cuasi desmayado en el asiento del acompañante, había comenzado a noviar con la hija adolescente de un padre muy celoso. El conductor pasó por delante de la casa de la chica, comprobó que no había moros en la costa y dio la vuelta manzana. Antes de llegar a la casa señalada, paró el motor, y con otro amigo que los acompañaba empujaron el auto hasta dentro del garaje (era una de esas casas con garaje de loza abierto al frente). Sigilosos, los bromistas se fueron y dejaron en los brazos de Morfeo al nuevo novio, durmiendo en la casa de su celoso suegro.
A la mañana, el hombre se levantó y encontró el Renault en el garaje, con su ocupante aún sumido en el profundo sueño. Le pegó tremendo golpe al capot con la mano abierta y gritó “¡qué hacés acá!”. Sin entender lo que pasaba, el muchacho dijo “no sé”. “Rajá”, sólo alcanzó a escuchar cuando ya había puesto marcha atrás pàra huir antes de poner en riesgo su físico.