25-02-2012 03:43 |
Presentamos en esta oportunidad El afilador, un cuento de Tito Flores. Agradecemos a él y a las demás personas que se han sumado a esta iniciativa de Hendersonline y envían sus trabajos literarios para compartirlos con los lectores
El afilador
La dulce melodía brotaba de la siringa. Fue apareciendo de a poco. Como si viniera de lejos. Interrumpió mi sueño. Partió la calurosa tarde en dos. No era habitual que un afilador recorriera un pueblo tan desolado. ¿De dónde vendría?
Siempre tuve la fantasía de que un afilador era una persona casi sin patria. Un caminante de sitios ignotos. Nómade. Errante. Un paria. Sólo habría que agregarle una túnica blanca, unas sandalias polvorientas y el paisaje estaría completo. Podría cerrar los ojos e imaginar verlo asentar el filo de una espada, un hacha, que luego irán a la batalla en manos de algún diestro guerrero de la antigua Caldea. No sé por qué, pero su oficio me transmite algo misterioso. Exótico, muy cerca de lo pagano. Imposible compararlo con otro trabajo. No cualquiera sabría afilar unas tijeras. No todo el mundo tendría talento para arrancarle bellas notas a ese aerófono celestial. Piedra e instrumento. Una modela el acero, el otro acaricia los sentidos. Maravillosa conjunción de los elementos.
Cuando gira la tosca rueda de afilar contra el metal, en ese bruñido incesante, brotan miles de chispas, similares a las que destellan en el corazón de quien escucha una hermosa canción. En ese cóctel agridulce, se fusionan ingredientes contrapuestos. Eufonía perfecta. Ruidos ásperos. Sonidos suaves. ¿Cuál es la diferencia? ¿Importa acaso a la hora de dejarse invadir por impresiones tan placenteras?
¿El afilador tendrá conciencia de que es un proveedor? ¡Sí! ¡Un proveedor de estímulos sensoriales! Embriaga con esa magia capaz de transportar mi imaginación hacia sitios desconocidos. Me lleva a trajinar mentalmente un paraje desértico, salido de algún relato de historietas. De su misión secundaria y encubierta, soy presa fácil: Cautiva a quien sea testigo de su errática faena, y aunque él no se lo proponga, caigo en la trampa. Acepto el reto. Soy permeable a su canto de sirena. Doy batalla. El gana. Pero esa derrota implica algo de placentero. ¿Quién no querría perder sabiendo que a su vez algo va a ganar? El premio, simbólico, intangible, consiste en esa mistura de emociones, que llega flotando en el aire precediendo al maestro, cual séquito que anuncia su presencia. Experto en las habilidades de afinar una hoja de corte, realiza su truco en forma perfecta. Culmina su tarea y se va como llegó, sin apuro, pregonando musicalmente su servicio. Su marca registrada comienza a desvanecerse en la lejanía.
La tarde recobra su natural quietud y yo me quedo saboreando el momento, a la espera de que en el futuro vuelva a hacer su irrupción en la calma pueblerina este personaje al que los caminos llevan y traen. Que regrese para devolverme algo que me pertenece, el disfrute de ver y escuchar al Afilador….
Tito Flores