Esa mañana el peluquero se había levantado con una intensa molestia en la zona del hígado, que se agudizaba con la aparición de cualquier movimiento. Lo primero que pensó fue que se trataba de la resaca producida por el exceso de ingesta etílica de la noche anterior, por lo que dijo “A la flauta…”, y fue al kiosco a comprar el famoso sobrecito que contiene el polvo efervescente. Luego preparó una dosis doble y se la tomó sin respirar.
Pasaron las horas, pero no el dolor. Entonces, el coiffeur pensó que lo mejor era recurrir a un “profesional”. Buscó en la agenda del celular y llamó a un colega bombero, del que había escuchado que curaba empachos, mal de ojos y hasta culebrillas.
Como si el sonido de su teléfono hubiera sido la sirena que lo convocaba a un incendio, el también pintor se hizo presente en la peluquería al instante.
Tomó la cinta de medir empachos, colocó un extremo en la zona afectada del paciente y retrocedió unos tres metros con el otro extremo en sus manos. Hizo ese recorrido tres veces, mientras expedía unas estrepitosas ventosidades por la boca y le decía al enfermo lo mal que estaba del hígado, al tiempo que le aconsejaba no acercarse a ninguna bebida alcohólica, al menos, por siete días. Y, como si estuviese desempañando otra de sus actividades y marcando una falta de un futbolista, sentenció: “Una semana a sopa”. Antes de retirarse le dijo al peluquero que para que el trabajo diera verdadero resultado, tenía que realizarse dos días más.
El salón masculino estuvo cerrado durante toda la jornada porque el dolor del dueño no disminuyó en absoluto.
La mañana siguiente encontró nuevamente al curandero con la cinta en las manos, avanzando y retrocediendo frente al peluquero, eructando exageradamente, agarrándose la cabeza por lo afectado que estaba ese hígado y pronunciando unas indescifrables palabras mágicas. Antes de marcharse tranquilizó al paciente –que a esta altura ya no estaba tan paciente- diciéndole que a la tarde el dolor ya iba a ser más leve, y que al otro día, con la última cura, directamente, iba a pasar a ser una anécdota.
Razón –en parte- tuvo “El Fiore”. Pero la anécdota la completa el hecho de que –al no amenguar ni un ápice el dolor- “El Zurdo” decidió no esperar al tercer día de cura e ir al hospital. Después de que le sacaron una radiografía, el peluquero supo con precisión qué era lo que tenía, y que el referí bombero lo había estado chamuyando: el persistente dolor se debía a que tenía una costilla fisurada…