12-02-2012 19:53 |
Desde hace muchos años está prohibido que durante la celebración de los corsos se pueda arrojar agua a quienes disfrutan del paseo de carrozas, mascaritas y muñecos alegóricos. Pero para un vecino hendersonense eso no fue obstáculo en unos lejanos carnavales de principios de los 80
Cómo no recordar en estas épocas los corsos en Henderson. Esta historia tuvo lugar allá por los comienzos de los años 80, en una celebración de fiestas carnestolendas donde no faltaron las típicas cachiporras de enmascarados con poca elaboración de atuendo pero muchas ganas de corretear a las chicas y los muchachos con sus medias rellenas. Tampoco faltaron las carrozas bien trabajadas y algún momo que despertaba elogiosos comentarios. Por caso uno que armó Aníbal Sánchez en el galpón de su casa y que tenía como característica una enorme cabeza que obligó al constructor –por un error de cálculo- romperla puerta del galponcito para sacar el muñeco y mostrarlo en las céntricas Florida y Rivadavia, en cuyas intersecciones aún no estaba el busto de San Martín.
Pero no es eso lo que nos ocupa hoy, si bien vale la introducción. El hecho es que la prohibición de arrojar agua a los transeúntes quitaba para algunos cierta gracia de esa celebración veraniega.
Julio, uno de los patriarcas de una familia tradicional del pueblo, andaba por las calles con un yeso en su mano derecha, y eso motivaba a que muchos le preguntaban qué le había pasado. “Nada, un golpe”, contestaba rápido y evitaba seguir la charla. Pero algo curioso sucedía a quienes pasaban cerca de él: como que un chorrito de agua mojaba las caras o cabezas, sobre todo de señoras y señoritas.
La mayoría se daba vuelta en busca del bromista como para mandarlo a pasear, pero nadie andaba con rociador alguno en la mano, y todavía no se había inventado el “bombero loco”.
Sólo gente que iba de un lado al otro, y el hombre del brazo enyesado, convenientemente sostenido por un pañuelo.
El lunes, don Julio apareció en un escritorio del centro donde se solían encontrar varios dueños de campo a leer La Nación y comentar cosas de su interés. Ya no llevaba el yeso, pero decía que probablemente se lo debía volver a poner el próximo fin de semana. Con la complicidad de un médico, preparó el guante rígido con un depósito de agua que llevaba bajo la ropa y una bombita que accionaba con los propios dedos de la mano enyesada. Según él, muy pocos se dieron cuenta que era quien andaba mojando la gente en las calles del corso.