Víspera
Coincido con los sabios griegos en que las cosas suceden para que los poetas puedan contarlas, y agrego:
-Uno tiene que estar en el preciso lugar y el momento justo para poder ser fiel testigo de las cosas; lo suficientemente cerca para no perder detalle y a una distancia prudente para no entorpecer el desarrollo de los hechos, para no molestar a los protagonistas. Para no pasar a ser uno de ellos y así aislarse de las subjetividades (como si esto fuera posible) que a uno le trastoquen la conciencia o lo que sea a la hora de contarlo.
Esas palabras las repito en el sordo silencio de mi conciencia, como un credo, cada vez que me detengo a ser un mero observador de sucesos cotidianos, no por eso menos importantes, que me permitan tener una historia o un hecho anecdótico para narrar; o solo dejarlos archivados en mi memoria para regocijarme al recordarlos en momentos en los que la dicha se siente lejana.
Esta vez no era la excepción.
Para no provocar ninguna distracción me mantenía en silencio, tratando de no generar siquiera el mínimo ruido o gesto. No quería interrumpir la lectura de algún texto complejo, tal vez, relacionado con su ideal de “ser” altruista, de filántropo.
Varios minutos después de que leyera y analizara concienzudamente la totalidad de un capitulo comencé a notar en sus gestos cierta distracción e inquietud, que en un primer momento, pensé, le provocaba el agobiante calor que invadía desde temprano su pequeño departamento. Más tarde refuté mi hipótesis sobre la temperatura al ver que esos pequeños instantes de distracción se transformaban en una cuasi-obsesión por el reloj que lentamente hacia girar, con despreciable indiferencia, su fina aguja con el transcurrir de los segundos.
Evidentemente era el tiempo lo que lo inquietaba, no el tiempo lejano si no el presente o quizás el futuro inmediato.
Sus gestos, sin ser indicadores certeros de un estado de ánimo particular, insinuaban apenas ansiedad por algo venidero, al parecer algo próspero. Sus movimientos eran aparentemente sin sentido y de su boca dejaba escapar unas tenues palabras que repetía al ritmo de sus pasos.
Me acerqué y pude escuchar de su boca las palabras que en un tiempo pretérito salieran del solitario zorro, luego de conocer al bello y rebelde Principito:
-“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; descubriré el precio de la felicidad!”
Inmediatamente tuve la certeza: estaba esperando algo y ese estado era la vigilia de algo muy importante. Todo su ser se preparaba plácidamente para aquello.
De repente escuchó o vio la señal, o simplemente presintió que había llegado el momento. Se acercó a su ventana y aunque desbordado de ansiedad, levantó lentamente, casi con precisión quirúrgica, su persiana al mismo tiempo que lo hacía una persiana similar enfrente, cual imagen especular de la suya.
Noté que su ansiedad se apaciguaba a la vez que comenzaba a surgir en mí la duda de lo que aparecería del otro lado. Me inquietaba saber quién o qué, le provocaba tales sentimientos.
De pronto vi a una persona hermosa que se asomaba lentamente. Su bella figura (que no voy a describir para no ser injusto y para no quitarle lo inmaculado), enmarcada por esa ventana, me recordó inmediatamente uno de los más lindos cuadros que había visto.
Al ver la situación me retiré silencioso, para no corromper aquel momento de pleno goce; para dejar de ser testigo.
Lo que pasó después, no vale la pena ser contado ni manchado con odiosas descripciones. Quizás hablaron de temas banales o de cosas substanciales, quizás solamente hubo un cruce de miradas o simplemente una fingida y consensuada indiferencia. Sería indigno de mi parte tratar de narrar con palabras aquel preciado instante en el que, por la extrema felicidad vivida, anhelé que todo se detuviera para siempre y quedara plasmado como en una fotografía.
Sabiendo, con profunda tristeza, que detener todo ahí sería imposible y que probablemente tarde o temprano sucedería algo que me lleve al desencanto, me alejé; aunque no sin una mínima chispa de esperanza. Deseando de que por lo menos una vez (esta vez) alguien se pueda burlar de la efectividad, que tenemos los humanos y el tiempo, para romper cual débiles cristales, esos gloriosos momentos de esporádica felicidad.
Gonvid®