Algo inesperado
Todo fue como de costumbre en la tranquila villa; un amanecer esplendoroso, el trinar de las aves, el murmullo del viento, invadían el follaje de los verdes árboles. Esa unión se convertía en una maravillosa melodía... capaz de transportar a lugares inimaginables a toda persona que transitaba por allí.
De pronto... sucedió algo inesperado: la brisa suave comenzó a transformarse en torbellino, por el estrecho camino el viento llevaba a su paso todo lo que encontraba, la belleza del paisaje cambió ráudamente.
Daniela, como todas las mañanas a las ocho y treinta, realizaba su caminata “obligatoria” por el bello bulevar. ¡No podía creer lo que estaba ocurriendo a su alrededor!... Intentó alejarse del lugar rápidamente; sus piernas, a pesar de los esfuerzos, estaban inmóviles, los latidos del corazón se aceleraban... una gélida transpiración humedecía su cuerpo. En un instante fue todo silencio, oscuridad, mansedumbre...
En su oficina, Roberto Linares, un investigador privado, un investigador privado de Villa Carlos Paz, distante a dos kilómetros del lugar, se disponía con sus colaboradores a comenzar a tratar un tema que los preocupaba; varios clientes consultaban por la misma causa: secuestro de personas. Un tema que les resultaba muy extraño, pues nunca pedían suma alguna de dinero, y lo que más les desorientaba era que no aparecían sus cuerpos. En algunos casos el tiempo transcurrido superaba los dos años y, al no hallar ningún indicio y tras arduas tareas policiales, los familiares, desesperados, recurrieron a lo privado, con ansias de encontrar solución a este grave problema que los aquejaba.
Los profesionales tenían varias hipótesis, aunque la que más investigaban era la del secuestro seguido de muerte; pero esto, resultaba ilógico.
Roberto aflojó el nudo de la corbata; agotado, solo deseaba abandonar la oficina y llegar a su hogar.
El reloj antiguo marcó diez campanadas; esto lo sobresaltó, pues se había adormecido unos instantes. Se percató de que "Nina" (modo en que cariñosamente llamaba a su mujer) no había llegado; supuso que compromisos laborales no se lo permitían (tenía varios locales de alta costura). Decidió comunicarse; el contestador pedía que dejara su mensaje... Se inquietó, pero enseguida recordó que cuando ella tenía demasiada actividad era una “solución” para no ser interrumpida; esto lo tranquilizó, y Morfeo lo atrapó nuevamente.
La llave giró sigilosamente en la cerradura; era Martina, la empleada de varios años de servicio en la familia. Al ingresar al departamento por la mañana se sorprendió al encontrar a Roberto recostado en el mullido sillón; lo despertó. El reaccionó inmediatamente y, al no tener novedades de Nina, nerviosamente llamó a sus conocidos y, a la vez, a distintos nosocomios pidiendo información sobre Daniela Rivas. Por su parte, Martina, dio aviso a la policía.
Los amigos íntimos de Roberto, al enterarse, rápidamente se solidarizaron buscando por diversos lugares donde Nina solía desempeñar sus actividades.
Transcurrieron horas... días interminables; Roberto no podía soportar tanta angustia. Un colaborador fue informado de que la habían visto por última vez en el bulevar; personal policial acudió al lugar y realizó un intenso rastrillaje, con resultado negativo...
Con varios años más, y un rostro endurecido por el dolor y la incertidumbre, Roberto Linares pasa sus días en soledad.
“Jeremías caminaba por la tranquila villa, de pronto... el paisaje cambió ráudamente... fue todo silencio... oscuridad... mansedumbre...”.
Por Elva Pavón