Un sábado en que la luna ya había tomado la posta entregada por el sol, el hombre había llegado en sulky desde la estancia en que trabajaba como herrero y estaba desensillando a la yegua en el lote aledaño a su casa, pegado al jardín, sobre la calle 1º de mayo.
De repente escuchó que golpeaban las manos y, cuando giró la cabeza hacia la puerta de entrada, escoltada por dos ligustros, vislumbró una silueta de un hombre que se le acercaba.
El visitante se presentó y empezó con su speech de vendedor de naranjas.
El dueño de casa no quiso saber nada de entrada con aquel inoportuno foráneo pues, en el otro pedazo de jardín, separado por el camino de baldosas que guiaba hasta la entrada de la propiedad, tenía un par de plantas de esa fruta, las cuales, si bien por la oscuridad no se podían ver bien, estaban tupidas de cítricos.
Le explicó esto al vendedor, pero éste estaba empecinado en cumplir con su cometido. Habló de las cualidades del producto que tenía en la canasta, como su abundante jugo y que eran “de ombligo”. Hasta sacó un cuchillo de entre sus ropas y cortó una naranja para que el potencial comprador pudiera constatar la veracidad de sus dichos.
Viendo que las únicas dos formas posibles de sacarse de encima al vendedor compulsivo eran llevarlo hasta la puerta a patadas o comprarle un par de naranjas, optó por la segunda opción. Estaba cansado de la ajetreada semana laboral y no veía la hora de darse un baño, cenar y acostarse a dormir.
Apurado, para evitar cualquier tipo de arrepentimiento, el vendedor sacó siete naranjas -“una va de yapa”, dijo-, las puso en el asiento del sulky, agarró -sin mirar- la plata que le pagó el comprador y salió corriendo entre la oscuridad, esquivando a uno de los dos rosales; del otro se llevó en los brazos un par de espinas de recuerdo.
El herrero terminó de cenar y cortó una naranja para probar si, por lo menos, era cierto que eran tan jugosas como le había dicho el vendedor. Comprobó que sí, y también comprobó que, además, tenían un sabor muy similar a las que cultivaba en el jardín.
No quiso irse a dormir con esa sospecha que lo había invadido, por lo que agarró una linterna y se dirigió hacia el frente de la casa. Allí, ante las despobladas plantas, ya no tuvo dudas: las naranjas que le había comprado al vendedor eran las suyas.