De esto han pasado once años, puede parecer mucho o poco, pero vale la pena mencionar que un lugar pueda haber cambiado tanto, y es por este motivo que quise compartir este recuerdo con ustedes. Al final reflexionemos sólo un ratito nomás, sobre qué hubiese sido de ese lugar si hoy fuera un área natural protegida; es una muestra representativa de ambientes naturales donde, a través de un plan de manejo, se asegura la conservación del ecosistema en el partido de Hipólito Yrigoyen.
Era el verano de 1999, más precisamente fines de enero, cuando Jorge Thomas nos comentó sobre la presencia de flamencos en una isla en medio de una laguna. En el lugar Jorge tenía sus caballos y yeguas pintados. Semanalmente se daba una vuelta por el sitio para controlar y mirar que los potrillos se encontraran en condiciones. Fue en una de estas recorridas cuando, al mirar al centro de la laguna, observó que un color rosado vestía a la isla ubicada en el centro del cuerpo de agua; enseguida se percató de que se trataba de aves, y que éstas no eran otra cosa más que hermosos y elegantes flamencos rosados. El sitio donde este espectáculo natural se estaba llevando a cabo era en la laguna de Alfalán.
De esta manera, al ser advertidos de lo que ocurría en esa pequeña isla, no lo dudamos un segundo y al día siguiente emprendimos la marcha hacia ese campo, para apreciar en carne propia lo que Jorge nos había contado.
La laguna de Alfalán está ubicada a sólo 12 kilómetros de la ciudad de Henderson. Se accede a ella por el camino de tierra que va costeando la vía, se rodea la Escuela Agropecuaria de Coraceros y de allí se continúa hasta el monte de Ramis; luego se gira a la derecha, hasta toparse con el alambrado; luego caminado hacia la izquierda y al cabo de unos doscientos metros se pasa por una loma y se divisa un espejo azul con un hermoso beso rosa en el centro.
El paisaje es el típico de esa región de la provincia de Buenos Aires, salpicado por lomas con pajonales y esparcidos en la distancia algunos montes que denotan algún puesto o casco de alguna estancia o chacra. Y en uno de estos bajos, rodeado de lomas, aparece la laguna, un cuerpo de agua abierto con juncos en sus costas y en ella la fauna típica de las lagunas pampeanas: gallaretas, patos picazos, patos maiceros, patos pico de cuchara, algunos chorlos en la costa y, por supuesto, los infaltables teros que desde la costa vigilan y “corren” a ciertos intrusos, como caranchos y chimangos, que merodean desde lo alto. Y no nos olvidamos de las nutrias, que todos en Henderson recordarán lo importante que fue este recurso en las inundaciones, desde mediados de los años ochenta y hasta fines de los noventa.
En este contexto, y en una isla formada bien en el centro de la laguna fue que encontramos lo que Jorge nos había comentado: los flamencos, una nuve rosa que flotaba en la pampa infinita. Pero esto no fue todo. Al observar con los binoculares pudimos constatar que no sólo eran flamencos, y que éstos no estaban de paso, sino que, muy por el contrario, habían elegido ese sitio para, nada más y nada menos, instalar allí su colonia reproductiva. Fue así que vimos cientos de nidos; que son elevaciones en el terreno y las aves los construyen mezclando barro y saliva, y allí dentro ponen entre uno y dos huevos.
Eran tanto los flamencos que era imposible determinar la cantidad con precisión, pero un conteo estimativo nos hizo llegar a un número que rondaba los mil individuos.
Esto fue a fines de enero y principios de febrero; a fines de marzo los pichones, si bien no volaban todavía, ya se movían de manera independiente por la isla, en grupos formados exclusivamente por ellos, mientras que los adultos se movían en grupos aparte.
Era llamativo ver la mancha gigante rosada, de los adultos, contrastada con la mancha grisácea de los juveniles (un flamenco demora un año en alcanzar el plumaje de adulto; además, puede no reproducirse por muchos años si no tienen un terrritorio adecuado).
Es por ello que puede decirse que muchos de los flamencos que hoy vuelan nuestros cielos y que visitan la laguna de Mar Chiquita, en Córdoba, y que viajan hasta la Patagonia, que también visitan las lagunas altoandinas de Jujuy y Salta, son hendersonenses; sí, criados antes de la sojización de la pampa húmeda.
Para nuestro reconocimiento, no sólo tenemos al “Pájaro” Caniggia. Como se darán cuenta, también hoy podemos decir que muchos de los flamencos son nuestros, que son aves migratorias y que a lo largo de su vida vuelan miles de kilómetros de distancia en busca de alimento y de sitios para nidificar; y seguramente así, desde lo alto, divisaron un sitio que parecía prometedor y hallaron refugio: la laguna Alfalán.
Esto tiene que llenarnos de orgullo, ya que hasta ese entonces la única colonia reproductiva de flamencos conocida en la provincia de Buenos Aires era una ubicada en el partido de Carmen de Patagones, siendo ésta, la de la laguna Alfalán, la segunda. Por otro lado, el sitio típico de reproducción de esta especie es la laguna de Mar Chiquita, en Córdoba.
Hoy, lo que era esa laguna vestida de rosa es un pequeño charco (comparado con lo que fue), y todos esos pajonales circundantes se han convertido en campos de soja. Es cierto que entre medio hubo una gran sequía, y eso seguramente hizo que los flamencos buscaran otro sitio para nidificar; pero los ciclos naturales se repiten, y quién dice que en unos años la laguna no se transforme nuevamente en lo que fue y, de esa manera, los flamencos vuelvan a elegirla como sitio de cría. Ya veremos, el tiempo lo dirá.
No obstante, podemos hacer esta reflexión:
Es sabido por todos que la renta que hoy da la soja es muy importante para el desarrollo de la región; ahora bien, preguntémonos lo siguiente: ¿no sería justo que parte de esa renta (y cuando digo parte me refiero a un monto ínfimo) se utilice para crear la primera área natural protegida de Henderson, y así crear un sistema de conservación de ambientes naturales que permita asegurar la disponibilidad de los recursos y contribuir al desarrollo, mejorando nuestra calidad de vida; devolver a la tierra que tanto nos está dando?
Tal vez la laguna de Alfalán ya esté perdida, pero seguramente hay otras, y estas acciones son las que nos harán grandes, y harán que las generaciones futuras nos agradezcan de verdad, y que no sean testigos de la belleza de los flamencos sólo por unas fotos. Cuanto más se conozca la intrincada red de relaciones que existen entre los integrantes de un sistema natural, incluido el hombre, más capacitados estaremos para protegerlos y utilizarlos.
Emilio White
Fotógrafo naturalista
Actualmente radicado en Puerto Libertad, Misiones