El señor Sánchez estaba como pensionista en la casa de un matrimonio. Iba a almorzar y a cenar.
Un día, el nieto de la mujer, que vivía en una casa aledaña junto a sus padres, se cayó de una planta de ciruelas y se fracturó una pierna. Como los progenitores de la criatura no tenían coche, y en ese entonces no existían los remises en nuestro pueblo, el encargado de trasladar al accidentado al hospital fue el pensionista.
Cuando llegaron al nosocomio se encontraron con que el aparato para sacar radiografías estaba roto, y, además, el único médico que estaba en ese momento se encontraba en medio de una cirugía.
Ante la preocupación de los padres del chico, Sánchez se ofreció y aconsejó que lo mejor era llevarlo a Pehuajó. Los papás asintieron y, entonces, el 4L puso ruedas en ruta.
El hombre que ofició de remisero -meticuloso con la limpieza del auto al extremo de que cada vez que subía alguien comiendo galletitas se las humedecía para que no le hiciera migas- no había tenido tiempo aún de realizar el aseo semanal al tutú, por lo éste estaba bastante sucio tanto en su interior como exterior.
Pararon en una estación de servicio a cargar nafta y, antes de que él lo solicitara, el playero le preguntó: “Señor, ¿le limpio el vidrio delantero?. Sánchez, sin dudarlo, aceptó, y fue por más: “Y, ya que está, límpieme también el trasero”.
Ante la carcajada silenciosa del despachante, el hombre cayó en sus palabras y se vio desbordado de vergüenza, por lo que decidió acelerar a fondo e ir en busca de otra estación para cargar combustible.