La madrugada se fundía con el amanecer cuando las puertas del boliche Hangar IV se cerraron hasta el próximo finde. Los amigos, viendo alicaído al hoy aviador, lo convencieron para que, antes de irse a dormir, fuera a buscar la guitarra y se llegara hasta la casa de la chica de la que estaba enamorado para ofrendarle una alegre serenata.
Así fue que salieron a toda prisa en el Torino en busca del instrumento a cuerdas.
Acomodado el muchacho con la viola sobre la vereda del domicilio de 1º de Mayo, empezó a entonar una romántica melodía. Sus amigos, unos pasos atrás, improvisaban el coro para el estribillo.
Cuando estaban a punto de finalizar la serenata, se abrieron intempestivamente los postigos de la ventana y apareció una silueta que, aunque de cabello rubio, no era la de la destinataria de la canción.
En camisón y sorprendida, la madre de la codiciada chica, sobreactuando un poco la situación gracias a sus dotes actorales, le gritó a la barra bullanguera: “¡Chicos, Lali duerme en la pieza del fondo!”.