Viaje de egresados a Bariloche de la promoción ´86 de la EEM Nº 1, o Perito.
En el contingente viajaba un joven caracterizado siempre por ir al frente como un toro con las mujeres, encarador nato. Y esa vez no iba a ser la excepción que confirmara la regla.
El hoy peluquero ya había sumado otra conquista amorosa antes de llegar a destino. En pleno viaje se había chamuyado a una chica perteneciente a un grupo de Carlos María Naón –partido de Nueve de Julio-, que compartió micro con los egresados de Henderson.
Pero éste fue solo un affaire para hacer más corto el largo viaje al sur. Una vez instalado con sus compañeros allí, el muchacho se dedicó en cada salida nocturna a tender sus redes para atrapar una nueva presa.
Así fue que en uno de los clásicos boliches barilochenses el conquistador le echó el ojo enseguida a una chica que estaba en la barra.
Se acercó a la prenda y enseguida le cayó en gracia. Compartieron unas espirituosas bebidas que invitó la adolescente y luego fue él quien realizó una invitación: ir a los reservados para estar más tranquilos.
Instalados en un confortable sillón, la muchacha siguió invitando tragos y él, por
supuesto, aceptando los convites. Le llamaba la atención tanta generosidad por parte de ella, pero no preguntó nada.
La bebida fue despertando la pasión en los jóvenes y la animada charla pasó a ser acompañada por arrumacos, caricias y besos varios.
De pronto el estudiante sintió que alguien le tocó el hombro. Cuando levantó la vista vio a un señor corpulento parado al lado. De inmediato avisó a la chica de la situación. Cuando ella vio al hombre, le dijo: “¿Qué hacés acá? Pensé que estabas durmiendo”. Y acto seguido le habló al egresado hendersonense: “Fabio, te presento a mi papá, es el dueño del boliche”.
Asustado, luego de sacarla de entre los senos de la joven, el hoy coiffeur extendió la mano zurda al hombre y, traicionado por los nervios, expresó: “Mucho busto”.
El grandote fulminó con la mirada al acompañante de su hija y se retiró sin decir palabra. Y el muchacho se asustó tanto que prefirió dejar la tarea a medio hacer y huir despavorido de ese boliche, al que no regresó en toda su estadía en Bariloche.