La chanchería, pegada al pueblo, camino al Chocón, resultaba tentadora para los pibes de un cuarto año de hace ya unos cuantos años. Se había hecho costumbre que todos los sábados a la noche, antes del boliche, hubiera asado, generalmente en la parrilla de Fútbol Club.
“Este sábado podríamos hacer un lechón”, propuso uno de los muchachos con los movimientos estudiados del lugar donde se podía conseguir el cuadrúpedo. Y allí fueron un jueves por la noche algunos, en busca del lechoncito que nunca estuvo en la mente de nadie pagar. Es decir, había que sacarlo con sigilo y sin levantar sospechas.
Un problema previo era el lugar de refugio del chanchito hasta tanto se lo sacrificara y estuviera listo para la parrilla. Ninguno de los padres iba a aceptar la tropelía.
Uno del grupo propuso llevarlo a un galponcito que tenía, pero había que matarlo esa misma noche. Se complicaba la cuestión, calentar agua en un terreno para pelar un lechón a la una de la mañana iba a despertar más sospechas que hombre con antifaz en un banco.
De todos modos, los chicos estaban decididos. Dos de ellos fueron en bicicleta y otros tres en un Fiat 600 que dejaron estratégicamente alejado. El primer trayecto con el botín iba a ser sobre dos ruedas.
Venía bastante bien la faena, y ya estaba el animal en poder de los captores, cuando alguien dio el alerta. “Los milicos”, gritó encaramándose como un rayo sobre uno de los rodados al que impulsó con fuerza para salir de la zona de peligro. Los otros se tiraron entre los yuyos y lograron ocultarse con el marrano debajo del abdomen de uno de ellos.
Cuando el patrullero pasó y salió del camino adentrándose de nuevo en el pueblo, salieron del escondrijo y se dispusieron a seguir con la tarea como si nada hubiera pasado.
Pero, evidentemente, los agentes vieron algo extraño y volvieron enseguida por la zona. El que quedaba en bicicleta casi fue alcanzado y, aunque logró escabullirse, tardó en volver a su casa, puesto que había quedado casi del otro lado del pueblo.
El lechón, ya muerto (nadie se acuerda si de los revoleos que le pegaron o de un palo certero para capturarlo), fue a parar después de un par de horas de jugar a las escondidas al galponcito estipulado.
Pero no se pudo aprovechar, con policía acechando era imposible pelarlo; entonces lo dejaron así, con vísceras y todo. Obvio, se pudrió. Y hasta fue un drama deshacerse de él sin que nadie se enterara. Para colmo, el dueño de la chanchería denunció faltante y algo del tema mencionó a uno de los padres. Era obvio que al menos a alguno habían visto, pero faltaba la prueba.
Ese sábado se hizo el asado. Con carne de vaca de la carnicería. Y los sábados siguientes también. No faltó quien se reprochara “por qué no tenemos las habilidades de los de quinto, ellos siempre consiguen”.