Un grupo de amigos hendersonenses había viajado a La Feliz para disfrutar unos días de verano.
Los chicos la pasaban bomba entre playa, boliches y paseos por las calles de Mardel.
Según cuentan sus amigos, el joven en cuestión siempre tuvo expresiones que motivaron a la risa de quienes las escucharon.
Y ese verano no fue la excepción, pues antes de la frutilla del postre ya había tenido salidas que habían hecho carcajear al resto del grupo.
Resulta que al muchacho, que siempre iba con sus amigos, nunca solari, lo tenía intrigado algo desde hacía unos días, pero, quizá porque ya había metido la pata en varias oportunidades, no se animaba a expresar en voz alta.
Una tardecita en la que iban caminando por una peatonal, el hoy profe se decidió a comentar lo que le venía llamando la atención. Señalando un cartel de una peluquería, les dijo a sus amigos: “Miren, éste también debe de ser pariente de Marcelo”.
Los acompañantes tardaron unos segundos en comprender de qué se trataba y varios minutos en parar de reírse.
El cartel rezaba “Darío Coiffeur”, por lo que el joven había sacado la conclusión de que tanto ése como otros salones de corte masculino que había visto en Mardel eran propiedad de algún familiar del dueño de la conocida peluquería de Henderson “Marcelo Coiffeur”.